sábado, 2 de enero de 2010

SOBRE EL HUMANISMO DE JOSÉ MARTÍ

Por Cintio Vitier

Si por humanismo entendemos la corriente cultural que nos viene de Grecia y Roma a través del Renacimiento, esas raíces en Martí son las mismas que en cualquier hombre de su tiempo o el nuestro. La formación humanística es ostensible en sus discursos, en su prosa y en su verso. Un símbolo de ella pudiera ser ese misterioso librito con la biografía de Cicerón (cuya oratoria fue el tema de su graduación en la Universidad de Zaragoza) que llevaba en el bolsillo hasta las vísperas de su muerte. Otro humanismo hallamos también en él, del que se habla menos: el de raíz bíblica, veterotestamentaria y evangélica. Sin la voz de los profetas hebreos y sin la palabra encarnada de Jesús, no es posible entender cabalmente a Martí, quien situó entre sus “verdades esenciales”, esta: “Jesús no murió en Palestina, sino que está vivo en cada hombre.”  Este otro humanismo, no tanto cultural como vivencial, se nutrió en él de experiencias personales, como la de la esclavitud a sus nueve años en el Hanábana y la dantesca del presidio político en su adolescencia. Del equilibrio entre la medida clásica (a su vez alianza de Apolo y Dionisos) y la pasión redentora de Cristo, surge el agónico humanismo martiano, creación suya.

“Naturaleza es todo lo que existe, en toda forma,espíritus y cuerpos”, escribió Martí en un apunte sin fecha. No sabemos si persistió en esta idea, pero es constante en toda su obra una concepción de la Naturaleza como realidad, por así decirlo, magistral. En ella está la inspiración, el ejemplo, la sabiduría, lo cual sólo es posible si, como dice el apunte, ella incluye tanto “el misterioso mundo íntimo” como “el maravilloso mundo externo” y si “la naturaleza observable es la única fuente filosófica”.  El verso óptimo será “el verso natural”.  La religión futura, la religión “natural”,  de la que por cierto también hablara San Pablo (Romanos, 2, 14-16). Siendo así, el humanismo martiano resulta una especie original de “naturalismo” en cuanto la Naturaleza es su paradigma. Una Naturaleza integradora de lo visible y lo invisible, en que “todo, como el diamante, / antes que luz es carbón”,  en que la armonía, la justicia y la belleza son hijas del sacrificio, idea madre de su humanismo y de su poesía, la de sus versos y la de su acción histórica.

En otra página escribió: “Hay en el hombre un conocimiento íntimo, vago, pero constante e imponente, de un gran ser creador. […] La religión está, pues, en la esencia de nuestra naturaleza.”  Su humanismo “natural” es, simultáneamente, un humanismo “a lo divino”. Este humanismo es el que está en el Evangelio. La humanidad de Dios se llama Jesucristo. Por eso Martí dijo ser “pura y simplemente cristiano”, entendiendo por ello el sufrimiento redentor: dar su sangre “por la sangre de los demás”.  Pero tiene también una visión humanista de la naturaleza física, porque desde temprano (antes de leer a Emerson, ya desde su periodismo mexicano) percibió la analogía entre los hechos físicos y los que llamó “hechos del espíritu”,  y porque, como se verifica en sus últimos Diarios, la naturaleza patria que lo recibía en el combate redentor, llegó a ser para él un libro tan abierto, sabio y elocuente como piadoso.

Volviendo a lo que podemos llamar el humanismo europeo de Martí, en cuanto a incorporación y disfrute, se pone de manifiesto en textos como su elogio de Cecilio Acosta, donde revela un enciclopedismo a la altura del prócer venezolano. En años de helenismos ornamentales, a propósito de la poesía de Francisco Sellén, puso el acento en lo griego  esencial; y si repasamos su olvidada traducción juvenil de Anacreonte sentiremos el sabor de un vino que no supieron destilar en español, respetando el zumo primigenio, ni Meléndez Valdés ni… Quevedo. Del tránsito de la Edad Media al Renacimiento su figura tutelar fue Dante, que ilumina sus Versos libres y todo lo secretamente auroral de su prosa mayor, desde el “Prólogo a El poema del Niágara” de Juan Antonio Pérez Bonalde. Lo que él retiene de la herencia humanística europea es lo que puede continuar y crecer en América: el Eros universal, la integración de lo dionisíaco y lo apolíneo, las semillas de libertad. Lo que rechaza es la retórica, la preceptiva, el neoclasicismo.

Sabemos que desde sus orígenes la ética cristiana se mostró amistosa con el estoicismo grecolatino, alianza favorablemente acogida por el talante hispánico. Entre nosotros José de la Luz escribió en 1845: “Hállome preso […] entre el imán del estoicismo y el cristianismo. / Para mí el estoicismo, para el prójimo el cristianismo: bien que todo lo bueno del estoicismo se trasfundió en el cristianismo.”  Ese reparto de actitudes se reprodujo en Martí, estoico en la resistencia, cristiano en la entrega. Significativamente fue el primero, el de “la lluvia pura, sufrida en silencio”  del Diario de campaña, el que más impresionó a María Zambrano, memorable intérprete de Séneca.

Sin que ello implique comprometerlo excesivamente con el hinduismo, a veces Martí nos parece próximo al resumidor dicho hindú Tat tvam asi, que se traduce: “Ello (la realidad última) es lo que tú (un ser humano) eres.” Tal es la tendencia del llamado budismo septentrional (Mahayana), superador de la aniquilación nirvánica al afirmar el ser individual en su proyección hacia el ser universal. Especialmente en el ensayo sobre Emerson, se siente esa proximidad al exaltar la virtud liberadora, purificadora y unitiva de la Naturaleza. Pero allí mismo reitera que “el Universo es siervo y rey el ser humano”, y no deja de reprocharle a Emerson su excesivo apego a “aquella filosofía india” que “embriaga, como un bosque de azahares”, en la que se siente el hombre “dulcemente aniquilado”,  y al cabo descubre su falacia, con lo que tal vez alude a la extinción absoluta del yo propuesta por el budismo meridional (Hinayana). De todos modos la Naturaleza, creada y perennemente creadora (Natura naturata y Natura naturans, que dijera la Escolástica), es siempre la clave del pensamiento martiano, en el que antropomorfismo y teomorfismo se confunden.

Por otra parte, en un ensayo titulado “La irrupción americana en la obra de Martí” he señalado coincidencias del pensamiento náhuatl con el humanismo martiano, a partir del libro de Laurette Sejourné El universo de Quetzalcóatl, en el que se leen apreciaciones como estas:

En lugar de plantear el problema de la existencia, sea de lo físico, sea de lo social, sea de lo divino, Quetzalcóatl establece como realidad primera de la situación humana la fuerza potencial de integración que le es exclusiva. […] Tomando como punto de partida la unidad integral de materia, vida, pensamiento, razón y espíritu, que el hombre es en potencia, no se preocupa más que de su realización. Porque a través de lo humano, es el universo todo el que realiza su unificación.
¿No dijo Martí que siempre quiso fundar su filosofía (a la que llamaba “filosofía de relación”, es decir, de integración universal) en la etimología de la palabra “universo”: versus uni, lo diverso en lo uno?

Y en el mencionado estudio concluye Laurette Sejourné: “Parece que la prodigiosa realización náhuatl se ha debido a la fusión dinámica de dos fuerzas motrices que se unen raramente: mística de superación individual de una parte, incansable voluntad de acción sobre el mundo, de la otra.”

Hay el místico que, como San Juan de la Cruz, al regresar cuenta o canta (y aun trata de explicar) el viaje indecible. Hay el místico que, como Santa Teresa (tan relacionada por Juan Marinello con Martí), va y viene de sus visiones a sus fundaciones. Martí dice: “Soy un místico más... he padecido con amor.”  Su padecimiento fue por el hombre, sin, desde luego, excluirse. Su amor fue trabajar por el hombre. Su política, su acción, su “guerra inevitable”,  fueron la forma, el procedimiento, el proceso mismo de su amor.

Durante toda su vida Martí libró una tenaz batalla íntima y pública contra el odio. Como todas sus convicciones, esta de la necesidad de combatir el odio se movió en dos planos conexos: el de la espiritualidad de la conducta y el de la eficacia política. Su primera y definitiva victoria sobre el odio la obtuvo en el presidio político, donde descubrió que la “reacción” del odio, por legítimo que sea, es una forma profunda de esclavitud, una ganancia del enemigo, un lastre para la verdadera “acción” revolucionaria, que debe partir de una raíz de libertad interior. Allí comprendió que también los flageladores de las canteras de San Lázaro, en cuanto víctimas inconscientes de un sistema embrutecedor, merecían piedad. Comparando a aquellos esbirros con sus propios padres y con las virtudes del “sobrio y espiritual pueblo de España”,  distinguió nítidamente entre el régimen colonial y el pueblo español. De ahí surgió la concepción de la guerra sin odio,  porque, además, el odio “no construye”, su obra es siempre “reaccionaria”, los que odian “son la ralea”, hay que aprender a “domar el odio”.  Dos hechos le daban la razón en la historia inmediata: el odio a España, la hispanofobia, había nutrido subjetivamente el anexionismo, en la isla y en la emigración; las animadversiones internas entre los regionalismos, entre militaristas y civilistas, entre los jefes, entre aldamistas y quesadistas, habían minado desde adentro la guerra del 68. Pero lo que Martí llamó la “fórmula del amor triunfante”,  va mucho más allá de una rectificación o superación política. Se trata de un amor cognoscitivo (“el amor es quien ve”)  y del amor como sol de la vida, el que hay que conquistar, no solo políticamente, “con todos, y para el bien de todos”.  Así en su “Canto de otoño” nos dice: “¡No se bata / Sino al que odie al amor!: ¡Únjanse presto / Soldados del amor los hombres todos! / ¡La tierra entera marcha a la conquista / De este rey y señor, que guarda el cielo!”

La obra fundamental del humanismo martiano, desde el punto de vista pedagógico, es La Edad de Oro. Si la tontería del editor no lo hubiera impedido, en su mayor despliegue hubiéramos tenido un insuperable vademecum del humanismo martiano para todas las edades. El homo faber campea en cada una de sus páginas haciendo historia, cuentos, poemas, juegos, casas, ruinas, artes, industrias, civilizaciones, denuncias, epopeyas, utensilios, miniaturas, máquinas. Haciendo siempre arte, es decir, la otra naturaleza, la creada por el hombre, quien solo así, sin soberbia, puede reconocerse a sí mismo. Todo el mundo de Martí tiene las huellas dactilares de los hombres de todas las regiones y épocas. Es el mundo de los industriosos, de los artesanos y artistas de la realidad o la imaginación, que se alimentan una a la otra, sospechando en esa mutua caridad la filiación divina, el sello de semejanza.

La aspiración a una cultura o una religión que las integre todas resulta evidente en Martí, pero sin nada que ver con la globalización sin rostro que hoy nos amenaza. Ni siquiera en la estrategia política de la América del Sur frente a la del Norte, y aunque ello implicara disentir de una tesis bolivariana, fue partidario Martí de sacrificar el “ansia del gobierno local y con la gente de la casa propia”.  Perder la individualidad de las culturas sería perder la cultura misma. En “La Exposición de París” vio algo más que un espectáculo vistoso, sintió y nos hace sentir una visión profética de la fraternidad, de la armonía de los pueblos del mundo, cada uno con sus modos nacidos de sí propio. No la globalización sino la coralidad de las culturas. En cuanto a lo que muchas veces llamó “la religión venidera”, partiendo del hecho de que todas las religiones, por reveladas que sean para sus fieles, se manifiestan y actúan en la historia, la concibió como aquel punto futuro en que el hombre llegue a ser capaz de ir a lo esencial e innato de su apetencia trascendente. Esa religión venidera, sin perder la pluralidad de sus manifestaciones culturales, saldaría sus deudas con la razón y con la libertad: una “razón nueva”, tan rigurosa como abierta a lo desconocido, negada a convertirse en el renovado fanatismo de una ciencia dogmática y amoral; una libertad cuyos límites estuvieran únicamente en el respeto a “la dignidad plena del hombre”.  No presenta Martí estas ideas como utopías, ni siquiera como esperanzas realizables, sino como resultado de las leyes del espíritu y la historia. Su inspiración, diríamos hoy, tercermundista, está limpia del resentimiento del colonizado o del perteneciente a un mundo “periférico”. No podía desconocer esa situación quien llevaba en el cuerpo las marcas de la esclavitud. Su obra y su vida, sin embargo, fueron una dádiva libre a todos los hombres.

Sólo quiero añadir, considerando la situación internacional y los últimos acontecimientos en Venezuela, Brasil, Ecuador, Bolivia, Argentina, que así como dijo Martí que Bolívar tenía que hacer en América todavía, podemos afirmar que Martí hoy tiene que hacer más que nunca antes en nuestra América y en el mundo.

Fuente: http://www.josemarti.cu/files/Cintio%20Vitier.%20Sobre%20el%20humanismo%20en%20JM.doc

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