martes, 19 de enero de 2010

MARX, KANT, FRANCIS BACON Y T.W. ADORNO EN LA MENTE DE RATZINGER

 MARX, KANT, FRANCIS BACON Y  T.W. ADORNO  EN LA MENTE DE RATZINGER


Marx en la mente de Ratzinger (I)  

El error de Marx -dice este alemán que es Papa- fue olvidar que el hombre es libre y que no se le cura sólo con economía.


Spe Salvi son las dos palabras que inician la segunda encíclica sobre “la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana” de Benito XVI, publicada el 30 de noviembre del 2007, prácticamente dos años después de la publicación de su primera encíclica Deus caritas est, aparecida en enero del 2006.

Resulta difícil clasificar el último texto de Benito XVI. Por un lado, es una indagación teológica sobre la virtud de la esperanza, pero, por otro lado, es un excelente monográfico sobre filosofía de la historia donde el autor dialoga con los grandes pensadores modernos y contemporáneos.

Un ejercicio intelectualmente riguroso, propio de un Herr Professor, acostumbrado a la lectura de los clásicos del pensamiento y al arte de argumentar. Ratzinger edifica un ensayo sobre la esperanza considerando las grandes objeciones del pensamiento contemporáneo y respondiendo a cada una de ellas.
Especialmente interesante es la receptio de Marx en la última encíclica. Ya en la primera se refirió a él, como también a Friedrich Nietzsche, el maestro de la sospecha por antonomasia. En ésta ahonda en el espíritu y en la letra de la filosofía marxiana.

La lectura de Marx se articula en un doble nivel. Valora por un lado, su decidida apuesta por la justicia y por la igualdad, así como también reconoce los agudos análisis de Engels sobre la situación de la clase proletaria, pero critica algunos aspectos fundamentales de su obra y el materialismo histórico y dialéctico que la fundamentan.

Dice Benito XVI: “Con precisión puntual, aunque de modo unilateral y parcial, Marx ha descrito la situación de su tiempo y ha ilustrado con gran capacidad analítica los cambios hacia la revolución, y no sólo teóricamente: con el partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio también concretamente a la revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina todavía de nuevo. Después, la revolución se implantó también de manera más radical en Rusia” (& 20). Probablemente es la primera vez en la historia que la máxima autoridad de la iglesia católica se refiere al autor del Manifiesto del Partido comunista (1848) en estos términos.
Y añade: “Con su victoria se puso de manifiesto también el error fundamental de Marx. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, entonces se anularían todas las contradicciones, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros” (& 21).

Sin citar la caída del muro del Berlín (9 de noviembre de 1989), ni la consiguiente descomposición de la Unión Soviética (1991), inspirada en el marxismo-leninismo, Ratzinger elabora una crítica apriorística de la filosofía de Marx. Muestra como en la entraña de su obra subsiste un desconocimiento del misterio más hondo del ser humano, el enigma de la libertad que habita en él y defiende la imposibilidad de reducirlo a un puro conglomerado de determinaciones sociales y económicas.

“El error de Marx -sostiene Ratzinger- no consiste sólo en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; en éste, en efecto, ya no habría necesidad de ellos. Que no diga nada de eso es una consecuencia lógica de su planteamiento. Su error está más al fondo. Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y olvidado su libertad. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo desde fuera, creando condiciones económicas favorables” (& 21).

Los mismos discípulos heterodoxos de Marx, entre ellos, los miembros de la Escuela de Frankfurt, que Ratzinger cita prolijamente en esta última encíclica, se habían ya referido a estas incongruencias de Marx.
Como en el caso de Sigmund Freud, los discípulos vieron las miopías e hipérboles de su maestro. Incluso en supuestas condiciones de igualdad social y económica, el deseo de felicidad del ser humano no queda colmado, como tampoco realizada la libertad que anida en su ser, ni la aspiración a la plenitud. Las estructuras sociales y económicas son claves para alcanzar una mínima dignidad humana, pero en el mejor de los mundos materiales, el ser humano no alcanza la felicidad, porque es un ser constitutivamente abierto a la trascendencia, un ens capax Dei.

Con suma finura intelectual, no cae en la trampa de criticar a Marx por sus consecuencias históricas, pues siempre se podría argüir que los sistemas totalitarios que derivaron de él fueron, de hecho, una adulteración o peor todavía una instrumentalización de la filosofía de Marx. Y en parte, se debe reconocer, que así fue.
La crítica va a la entraña de su pensamiento, al nivel más antropológico. El ser humano no se puede reducir a un simple conglomerado de determinaciones sociales y económicas y, menos aún, a pura materia en movimiento. En él subsiste una semilla de eternidad que nada puede colmar en este mundo.

Kant en la mente de Ratzinger (II)  

Kant no era ateo ni antirreligioso y el Papa lo usa en su encíclica para señalar que la esperanza no es irracional ni desesperada.


En Spes salvi, Ratzinger se refiere a dos opúsculos menores escritos por Inmanuel Kant en su ancianidad (& 19). El primero, titulado, La victoria del principio bueno sobre el mal y la constitución de un reino de Dios sobre la tierra, fue publicado en 1792 y el segundo, El final de todas las cosas, editado en 1795. Son dos textos breves de la última etapa de la vida del gran pensador de Königsberg que moriría en la ciudad que le vio nacer, en 1804.

En otros discursos, Ratzinger ha demostrado ser un perspicaz lector del autor de la Crítica de la razón pura (1781), pero en la última encíclica, no sólo se refiere a él, sino que le cita para avalar alguna de sus ideas fundamentales.

Kant, uno de los pensadores paradigmáticos de la Aufklärung germana, defiende la autonomía del ser humano frente al poder religioso y político y su capacidad para pensar por sí mismo y para buscar el pleno desarrollo de su ser y de la sociedad a través del uso público de la racionalidad.
Ratzinger no critica Kant en esta encíclica, tampoco analiza la fundamentación de su ética. Recoge, simplemente, una hipótesis de trabajo que el mismo Kant elabora en el opúsculo de 1795.
Kant constata que en el proceso de la Ilustración de los pueblos, la fe racional suplirá paulatinamente a la fe eclesiástica. La salida del estado de minoría de edad que representa para Kant la Ilustración, conlleva, necesariamente la crítica racional de la religión y la depuración de los elementos mitológicos, supersticiosos e infantiles de la fe eclesiástica.

Dice que las revoluciones pueden acelerar los tiempos de este paso de la fe eclesiástica a la fe racional. El autor de la Crítica se refiere explícitamente a la revolución francesa de 1789 que tuvo lugar durante su vida.
Observa Kant, que el horizonte final de la historia tal y como se concibe en la Ilustración se transforma radicalmente respecto al Antiguo Régimen. Ya no se espera un mundo en el más allá, un reino de amor trascendente, sino una sociedad racionalmente constituida y articulada a partir de los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

“’El reino de Dios’ del que había hablado Jesús -dice Benito XVI- , recibe aquí una nueva definición y asume también una nueva presencia; existe, por así decirlo, una nueva ‘espera inmediata’: el ‘reino de Dios’ llega allí donde la ‘fe eclesiástica’ es superada y reemplazada por la ‘fe religiosa’, es decir por la simple fe racional” (& 19).

“Kant -afirma Ratzinger- toma en consideración la posibilidad de que, junto al final natural de todas las cosas, se produzca también uno contrario a la naturaleza, perverso. A este respecto, escribe:
‘Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él; y el anticristo (…) inauguraría su régimen, aunque breve (fundado presumiblemente en el miedo y el egoísmo). A continuación, no obstante, puesto que el cristianismo aun habiendo sido destinado a ser la religión universal, no habría sido ayudado de hecho por el destino a serlo, podría ocurrir, bajo el aspecto moral, el final (perverso) de todas las cosas’” (& 19).

 He aquí la cita más larga de la última encíclica de Benito XVI. No es una cita de un documento del Concilio Vaticano II, ni de un documento pontificio anterior. Se refiere a una hipotética posibilidad histórica, a un futurible.

Kant, como buen pietista luterano, tenía gran estima por Jesús, concebido como maestro moral y por el valor de la religión, dentro de los límites de la razón, como señala en otro de sus celebrados opúsculos, La religión dentro de los límites de la razón (1793). De ningún modo es un autor ateo y, menos aún, antirreligioso como en ocasiones se ha querido ver en él.

Kant apuesta por la racionalidad en el vida práctica, como Ratzinger defiende la racionalidad de la fe frente al fanatismo y el fundamentalismo ciego. El polémico discurso de Ratisbona es claro respecto a este punto, pero Ratzinger hace ver, siguiendo a Kant, que el cristianismo debe fecundar la racionalidad, pues si algún día desapareciese del orden del mundo, se derivarían las peores atrocidades, sólo gobernaría el miedo y el egoísmo.

 Amparándose en el más grande de los pensadores ilustrados, Ratzinger muestra como el cristianismo es fundamental para el pleno desarrollo de las sociedades y que su total olvido o ausencia significaría entrar en una vereda que sólo podría llevarnos a un perverso final.

Ratzinger no afirma que vivamos ya en este período final y, menos aún, que el anticristo haya colonizado nuestro mundo, pero la referencia a Kant, tan larga y precisa, no es, baladí. Apuesta por la esperanza, una esperanza que se funda en la fe, pero que no es un grito desesperado.

No puede calificarse su pensamiento de apocalíptico, porque no afirma en ningún lugar que estemos ya en el más perverso de los mundos posibles o como dijera, en un tono más suave, el pensador judío Hans Jonas, más cerca del perverso final. Es verdad que, según algunos analistas, vivimos ya, plenamente en la era del miedo (líquido), como Zygmunt Bauman afirma, o en la sociedad del yo (Gilles Lipovetsky), pero Ratzinger no confirma en ningún lugar que la hipótesis kantiana se haya hecho ya realidad. Le cita largamente, pero, ni siquiera comenta el texto kantiano.

En definitiva, Ratzinger no niega el valor de la Ilustración, ni el uso público de la racionalidad, ni el espíritu de emancipación y de crítica que definen a la Modernidad. Sin embargo, afirma que también el espíritu ilustrado debe someterse a autocrítica para alcanzar su plena madurez.

Francis Bacon en la mente de Ratzinger (III)  

Bacon creía que con el desarrollo de la ciencia sería posible alcanzar una sociedad ideal; Ratzinger discute la ingenuidad de la fe en el progreso: el hombre no será redimido por la ciencia


El pensamiento del filósofo ingles Francis Bacon (1561-1626), autor del Novum organum (1620) y uno de los padres del empirismo anglosajón, es objeto de un fino análisis en la última encíclica de Benito XVI. Se refiere a él como a uno de los máximos representantes de la fe en el progreso científico y técnico.
Bacon creía, realmente, que con el desarrollo de la ciencia y de la tecnología sería posible alcanzar una sociedad ideal en la tierra, una especie de paraíso, donde el ser humano podría dedicarse a tareas creativas y al cultivo del pensamiento.

Imaginaba, como tantos pensadores ilustrados franceses y alemanes, que la historia experimentaría un progreso continuado e imparable en todos los ámbitos, no sólo en el científico y tecnológico, sino también en el moral, en el jurídico, en el social, en el político y religioso. Tenía, verdaderamente, fe en el progreso y creía en la posibilidad de hacer realidad la utopía en este mundo.

Esta confianza en el progreso de la humanidad también está presente en los textos de Condorcet, en la filosofía de la historia de Herder, pero luego reaparece en las obras de Auguste Comte y del mismo Karl Marx. La fe en el progreso, otra forma de fe, en el fondo, está en la entraña del pensamiento moderno.

Ratzinger no niega, de ningún modo, los alcances del progreso científico y técnico, ni niega el valor positivo que han tenido para mejorar la calidad de vida de las personas y de los pueblos, pero discute la ingenuidad de la fe en el progreso, la creencia de que el desarrollo científico y técnico pueda realmente colmar las aspiraciones trascendentes de la persona, el deseo de felicidad eterna que anida en ella.

Como tantos pensadores del siglo XX han afirmado, inclusive en un mundo técnicamente perfecto, el ser humano no sería plenamente feliz, porque en él habita una inquietud que nada, ni nadie del plano inmanente, puede colmar.

“En Bacon -afirma Ratzinger- la esperanza recibe también una nueva forma. Ahora se llama: fe en el progreso. En efecto, para Bacon está claro que los descubrimientos y las invenciones apenas iniciadas son sólo un comienzo, que gracias a la sinergia entre ciencia y praxis se seguirán descubrimientos totalmente nuevos, surgirá un mundo totalmente nuevo, el reino del hombre.

Según esto, él mismo trazó un esbozo de las invenciones previsibles, incluyendo el aeroplano y el submarino. Durante el desarrollo ulterior de la ideología del progreso, la alegría por los visibles adelantos de las potencialidades humanas es una confirmación constante de la fe en el progreso como tal” (& 17).
Como otros autores renacentistas, Pico della Mirandola, entre ellos, Bacon cree en las posibilidades del ser humano para forjar, solitariamente, un futuro bello, armonioso y pacífico. Al leer sus obras, uno tiene la impresión que el ser humano es omnipotente y que es capaz de superar cualquier obstáculo que se interfiera en su desarrollo.

Leído después de las barbaridades acaecida en el siglo XX y cometidas, en parte, gracias al desarrollo científico y tecnológico exponencial que tuvo lugar en él, uno no puede hacer otra cosa que tachar a Francis Bacon de ingenuo desde un punto de vista antropológico.

Dice Benito XVI: “Francis Bacon y los seguidores de la corriente de pensamiento de la edad moderna inspirada en él, se equivocaban al considerar que el hombre sería redimido por medio de la ciencia. Con semejante expectativa se pide demasiado a la ciencia; esta especie de esperanza es falaz. La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Pero también puede destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma” (& 25).

Ratzinger no es, de ningún modo, un espíritu decadentista, ni participa de una visión negativa de la historia como muchos pensadores postmodernos que releen la historia de siglo XX como una suma de calamidades y atrocidades que insultan la dignidad de la persona humana. El ser humano es, a su juicio, un ser con posibilidades, pero también con límites. No puede dejar de ser hombre, a pesar de todos los desarrollos científicos y tecnológicos. La ambigüedad y el límite son elementos constitutivos del ente humano.
Benito XVI parte, en Spes salvi, de la filosofía de la historia de san Agustín, autor que conoce profundamente, puesto que fue objeto de una de sus tesis doctorales y, además, está latente y explícitamente citado en toda la encíclica.

Según el pensamiento agustiniano, expresado en La ciudad de Dios, la paz y la felicidad total del ser humano están fuera del alcance de la historia, porque la persona está creada para otro mundo, con una vocación eterna. No niega, pues, el valor del progreso, pero muestra como la tendencia al mal y a la destrucción, la huella del pecado original, sigue presente en el espíritu humano y que, con la complicidad de la ciencia y de la tecnología, puede derivar hacia una maldad infinitamente más grave que en otros tiempos.

La salvación del ser humano no pasa, pues, por la ciencia, ni por la técnica. No morimos de lo mismo, pero seguimos muriendo. Seguimos sufriendo y necesitamos, como siempre hemos necesitado, de la consolatio.

El progreso no garantiza la felicidad humana. Ningún artefacto tecnológico puede colmar la sed del corazón humano. Sólo la esperanza en un Dios-Amor puede dar plenitud a las aspiraciones del ser humano.

Theodor W. Adorno en la mente de Ratzinger (IV)

Ratzinger es más cauteloso que los frankfurtianos. No afirma que Auschwitz sea la consecuencia directa de la fe en el progreso.


Uno de los filósofos frankfurtianos más citado por Benito XVI en la última encíclica es el pensador judío Theodor W. Adorno (1903-1969), autor de la Dialéctica negativa y miembro destacado de la primera generación de la Escuela crítica, junto a Max Horkheimer, Walter Benjamín y otros marxistas heterodoxos, como Erich Fromm y Herbert Marcuse, críticos de la Aufklärung y de la colonización tecnológica del mundo de la vida.

Esta generación de pensadores critica con vehemencia el proceso de la Ilustración y todos denuncian la metamorfosis de la razón moderna en razón instrumental. Dicho llanamente, consideran que el destino final del proceso de emancipación moderno y de los ideales ilustrados son los campos de exterminio nazis. En definitiva, constatan, con gravedad, el fracaso la razón humana y de la ciencia en particular para liberar el corazón del ser humano de las tinieblas. Se muestran escépticos, radicalmente pesimistas respecto al futuro y muy negativos desde un punto de vista antropológico.

No deja de ser curioso que Ratzinger utilice los textos y las ideas de estos filósofos marxistas heterodoxos para argumentar sus tesis. Cita la Dialéctica negativa de Adorno, pero podría también haber hecho alusión a la Crítica de la razón instrumental que publicó Max Horkheimer o a la Dialéctica de la Ilustración que publicaron ambos pensadores conjuntamente.

Los frankfurtianos critican con ahínco la supuesta fe en el progreso de los pensadores modernos por ingenua y expresan, con preocupación, la capacidad destructiva del ser humano en el siglo XX y su incapacidad para evitar Auschwitz. Perseguidos, exiliados y humillados por el totalitarismo nazi, los pensadores de Frankfurt constatan que el desarrollo de la ciencia, de la educación y de la tecnología no sólo no ha evitado la caída en el mal radical, sino que, además, la ha hecho posible.

“En el siglo XX, -afirma Ratzinger- Theodor W. Adorno expresó de manera drástica la incertidumbre de la fe en el progreso: el progreso, visto de cerca, sería el progreso que va de la honda a la bomba atómica. Ahora bien, éste es de hecho un aspecto del progreso que no se debe disimular. Dicho de otro modo: la ambigüedad del progreso resulta evidente. Indudablemente, ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales para el mal, posibilidades que antes no existían” (& 22).

Ratzinger es más cauteloso que los frankfurtianos. No afirma que Auschwitz sea la consecuencia directa de la fe en progreso, ni mucho menos el resultado del sueño ilustrado, pero muestra como el progreso humano es esencialmente ambiguo y como el desarrollo de la ciencia ha propiciado grandes bienes para la humanidad, pero también ha hecho posible las más grandes devastaciones. La bomba atómica no es una casualidad de la historia, sino el producto del desarrollo de la razón instrumental.

Adorno no ofrece una solución alternativa. Jürgen Habermas, miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, propone la transformación de la razón instrumental en razón comunicativa, defiende el diálogo transparente y abierto como fundamento de una sociedad libre y democrática y advierte del peligro del fundamentalismo y de los fanatismos. Ratzinger dialogó abiertamente con el autor de la Teoría de la acción comunicativa (1981) y mostraron sus puntos de convergencia en Munich en enero del 2004, pero Ratzinger considera que, además de la razón, la fe jugará papel decisivo en la construcción de un mundo más fraternal y pacífico.

“Adorno -dice Ratzinger- se ha ceñido decididamente a esta renuncia a toda imagen y, por tanto, excluye también la ‘imagen’ del Dios que ama. No obstante, siempre ha subrayado también esta dialéctica ‘negativa’ y ha afirmado que la justicia, una verdadera justicia, requeriría un mundo ‘en el cual no sólo fuera suprimido el sufrimiento presente, sino también revocado lo que es irrevocablemente pasado’. Pero esto significaría -expresado en símbolos positivos y, por tanto, para él inapropiados- que no puede haber justicia sin resurrección de los muertos. Pero una tal perspectiva comportaría la resurrección de la carne, algo que es totalmente ajeno al idealismo, al reino del espíritu absoluto” (& 42).

No creo que Adorno llegara a tal consecuencia lógica, ni que afirmara la necesidad de la resurrección de la carne, pero es verdad que apunta hacia una esperanza última. Adorno cree firmemente que, al final de la historia, habrá una justicia y que el verdugo será condenado y la víctima salvada.

Esta justicia, esta memoria redimida del sufrimiento anónimo está formulada a modo de desideratum, pero conecta íntimamente con la esperanza cristiana de Benito XVI en un Dios trascendente que, desde el amor infinito, llena de sentido la lucha por el bien desarrollada a lo largo de la historia.

Francesc Torralba Reselló en ForumLlibertas

Fuente: http://www.familiaqueesyquenoes.org/Colaboraciones/INDICE/C.RATZINGER%20Y%20%20BENEDICTO%20XVI/Mark,Kant,Bacon%20y%20T.W.Adorno%20en%20la%20mente%20de%20RATZINGER.doc

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