sábado, 2 de enero de 2010

HUMANISMO Y NUEVO PENSAMIENTO

Mijail Gorbachov


Las coincidencias en la historia no son algo frecuente, pero se las encuentra.  En al-gunos casos como resultado de la casualidad, en otros como un reflejo de legitimidad.  La coincidencia a la cual nos referiremos aquí no solamente es legítima, sino en cierto modo también notable.

Se trata de que, aproximadamente en un mismo tiempo, alrededor de los años 80, sur-gieron dos tendencias del pensamiento y la práctica, se podría decir, dos fenómenos filo-sófico-políticos: el Movimiento Humanista y el Nuevo Pensamiento.

Claro que sus fuentes concretas no son idénticas.  Tampoco son idénticos los resulta-dos por ellos alcanzados.  Pero, en última ins-tancia, ellos fueron llamados a la vida por una misma situación, en la cual se encontraba el mundo entero en la frontera del segundo mile-nio.  Una situación no ordinaria, podría decirse incluso, crítica.  Y en ambos casos el móvil fue el mismo: la toma de conciencia de la necesi-dad de encontrar una salida de esta situación, de superar la crítica encrucijada en la que se encontraba la humanidad.

Lo más importante es que al fin de cuen-tas, más allá de determinadas diferencias en momentos secundarios, en lo esencial el Mo-vimiento Humanista y el Nuevo Pensamiento llegaron a conclusiones cardinales coinciden-tes: el camino realista y necesario hacia el futuro pasa por dirigirse al Hombre como refe-rencia central, como objetivo principal, cabe decir, como objetivo en sí mismo del desarrollo social.  Precisamente en esto, creo, se expre-sa el carácter legítimo del surgimiento de estos dos fenómenos.

Y no sólo el surgimiento sino también su progresivo acercamiento.  Ya que desde 1992, el Movimiento Humanista y la Fundación de estudios socio-económicos y políticos comen-zaron sus contactos, que maduraron en activa colaboración.  Colaboración que, estoy con-vencido, se desarrollará fructíferamente en nombre de la búsqueda conjunta de caminos para el desarrollo de la comunidad humana mundial.



I


El punto de partida de las reflexiones del Movimiento Humanista, como se expresa en su Documento, se define así: “Los humanistas piensan en el porvenir, luchando por superar la crisis general del presente”.  Crisis que afecta los fundamentos mismos de la civilización ac-tual.  Crisis cuya superación es comprendida por los partícipes del Movimiento como la ple-na afirmación del Nuevo Humanismo o Huma-nismo Universalista.

No puede dejarse de valorar la magnitud del trabajo desarrollado por el Movimiento Humanista para llegar a esta conclusión, por cuanto la interpretación del concepto mismo de “humanismo” ha tomado formas muy diferen-tes a lo largo de la historia (ante todo comen-zando desde el período del Renacimiento).  Más de una vez esas interpretaciones fueron contradictorias, otras veces en gran medida abstractas.  Algunas interpretaciones del humanismo resultaron tan alejadas de los pro-blemas reales de su tiempo que, paradójica-mente, alejaron al humanismo del Hombre.  Y por esto, para unir el contenido de principios del humanismo con las necesidades y proble-mas de nuestro tiempo, fue necesaria una gran energía creativa.

El Nuevo Humanismo o Humanismo Uni-versalista, como lo comprende el Movimiento Humanista, descarta las consideraciones abs-tractas.  En cambio, está estrechamente rela-cionado con los problemas y exigencias preci-samente de nuestro tiempo.  Su objetivo, como se explica en una de las últimas publicaciones del Movimiento, es: “colaborar con el mejora-miento de la vida, oponiéndose a la discrimi-nación y el fanatismo, la explotación y la vio-lencia”.  Su tarea: comprendiendo las exigen-cias de un mundo que se globaliza, posibilitar la elaboración de los métodos correspondien-tes que, imbuidos de un carácter constructivo, se orienten a la resolución de los “paradojales problemas de nuestro tiempo”.

En esencia, son analógicos los puntos de partida del Nuevo Pensamiento.  El principal de ellos, como en el caso de los humanistas, es el reconocimiento del hecho que la civiliza-ción contemporánea ha llegado a un callejón sin salida; que ella agota, y en parte ya ha agotado, las reservas de su desarrollo progre-sivo.

Las manifestaciones externas de este callejón cerrado son por todos conocidas.  El espasmo ecológico, y los problemas globales relacionados con él.  La crisis de las formas contemporáneas de la vida social, la acumula-ción de contradicciones entre el hombre y la sociedad, entre el hombre y el poder.  La evi-dente enfermedad en las relaciones mundia-les, ya que habiendo salido de la “guerra fría” la humanidad no ha encontrado aún la puerta hacia un nuevo y verdaderamente pacífico orden mundial.  La creciente complejidad en el funcionamiento de la economía mundial.  La crisis moral y, al mismo tiempo, de ideas, ya que ninguna de las reconocidas escuelas de ideas ha sido capaz de explicar lo que sucede, ni de mostrar caminos para la superación de la situación actual.

Pero quisiera ahora plantear la cuestión de un modo algo diferente.  Los síntomas de las crisis son evidentes, pero ¿en dónde están sus raíces profundas?

El desarrollo económico del siglo XX abrió enormes posibilidades para el mejora-miento, la humanización de la vida de la gente.  Pero los frutos de este desarrollo se utilizaron de tal manera, que los resultados han sido en mucho lamentables.

Ante todo, el apoyo unilateral en los fac-tores tecnogénicos, el apoyo en el postulado, ya de antiguo conocido pero al mismo tiempo errado, de que el Hombre es el Zar de la natu-raleza, su amo, han llevado a una profunda ruptura entre el Hombre y el resto de la natura-leza.  La situación ecológica actual es sólo una, seguramente la principal y más peligrosa, manifestación de esta ruptura.

Ahora, en la frontera de un nuevo siglo y un nuevo milenio, surgen muchos pronósticos y conjeturas sobre el tema de cómo será el mundo del siglo XXI.  Lamentablemente, la parte más significativa, sino mayoritaria de ellos tiene (¡nuevamente!) carácter tecnocráti-co.  En esencia, la resolución de las tareas del futuro se la busca en métodos que ya han de-mostrado su insolvencia.  Es ignorada la nece-sidad de repensar estos métodos, de descartar los modelos tecnogénicos del progreso y de pasar a un modelo nuevo, antropogénico, humanista.  Lo cual significa que nos arries-gamos no solamente a no poder resolver los problemas actuales, ya extremadamente peli-grosos, sino a multiplicarlos y profundizarlos.

Sin embargo ésta es sólo una de las raí-ces de la actual crisis de la civilización.  Otra, no menos peligrosa, tiene más bien carácter social.  Los frutos del desarrollo económico se han utilizado y se utilizan de tal modo que se conserva, y en muchos casos se profundiza, la división dentro de la sociedad.

Las relaciones sociales existentes se ca-racterizan no por la búsqueda de un equilibrio de intereses de los distintos grupos sociales y nacionales, sino, en la mayoría de los casos, por la confrontación agresiva de unos con otros.  Grandes masas de gente y muchas veces la mayoría de la población, son alejadas de la propiedad, del poder, de la cultura.  ¡Cuántas víctimas ha llevado ya la sociedad al altar de los antagonismos sociales y naciona-les!

Lamentablemente, en los pronósticos del futuro, tan difundidos hoy, prevalecen esos mismos modelos de organización social.  La dominante de estos pronósticos, ante todo en el Occidente, es la afirmación del indiscutido y definitivo triunfo del modelo económico y social liberal y su “fin de la historia”.  Pero toda la experiencia del siglo XX nos muestra que el modelo “liberal”, visto desde la posición del ser humano, sus necesidades e intereses, no ha sabido encontrar las respuestas a los proble-mas esenciales de la existencia.  Por lo que ha sido alcanzado en los países desarrollados, la humanidad ha pagado y continúa pagando un precio muy caro.  Y en esos mismos países se levanta hoy una ola de insatisfacción.

Es urgentemente necesario otro método, otro paradigma, basado no en la perpetuación de los antagonismos sociales y los conflictos nacionales, sino en la intención de evitarlos, alcanzando una síntesis entre liberales, con-servadores y, por supuesto, aquellos que se denominaron socialistas.

En general —ya antes he hablado y es-crito sobre esto—, de la tradicional dicotomía “socialismo-capitalismo” o “socialismo-liberalismo” hace mucho que es tiempo de desprenderse.  Es necesaria una nueva visión conceptual del futuro.  La cual es posible defi-nir como humanismo global.  Precisamente tal posición, pienso, dará la posibilidad de en-contrar un idioma común y referencias vitales comunes a la mayoría de la gente con con-ciencia social.

De este modo, la segunda raíz de la cri-sis de la civilización es de carácter social.  La tercera está relacionada, creo, con la esfera de las relaciones internacionales.  La vida inter-nacional del siglo XX ha estado impregnada por los mismos métodos confrontacionistas que la vida social dentro de cada país.  En el siglo XX esto llevó a la división de la humani-dad en campos enemigos, cada uno de los cuales, pretendiendo la verdad indiscutible de sus posturas, intentó infringir la derrota a su adversario, cuando no lograr su destrucción física.

Como resultado de grandes esfuerzos, en base a métodos nuevos, en mucho deter-minados por el Nuevo Pensamiento, fue posi-ble detener, concluir esta confrontación.  Pero, ¿qué vemos hoy?  Resulta que es el Occiden-te y no la sociedad mundial, el que triunfó en la “guerra fría”.  Reflexionando sobre las relacio-nes internacionales del siglo XXI, políticos e ideólogos muy a menudo regresan a los méto-dos viejos, a los “modelos” de los juegos políti-cos, al pronóstico de una nueva división del mundo en esferas de influencia, e incluso al hegemonismo global de una única potencia: EE.UU.  ¿Qué puede dar semejante posición? Nada, más que la repetición de las tragedias de tiempos pasados y recientes.

Si quisiéramos resumir esta descripción, por lejos no agotada, no es difícil sacar la si-guiente conclusión: la raíz de la crisis de la civilización contemporánea está en su pro-funda ruptura con los verdaderos intereses del Hombre y la Humanidad.  La motivación de la actual civilización ha estado y continúa estando estrechamente ligada no con posicio-nes humanistas, sino antihumanas y egoístas.  La continuación de este camino lleva al fraca-so, a la catástrofe.

De aquí la conclusión del Nuevo Pensa-miento, así como del Movimiento Humanista: son necesarios nuevos métodos, nuevas orien-taciones del pensamiento y la acción, inspira-das en la vieja, pero eterna y justa idea: “El hombre es la medida de todas las cosas”.



II


Al término “Nuevo Pensamiento” fre-cuentemente se lo entiende relacionado sólo con los asuntos internacionales, con una nue-va metodología y práctica de la política inter-nacional.  Pero yo lo interpreto en un sentido mucho más amplio.  Para llevar adelante una política verdaderamente nueva y humanista, en cualquier esfera, es necesario ante todo valorar correctamente la realidad, sus proble-mas, las fuentes de estos problemas.  Sí, esto exige romper con muchas visiones anteriores y con otras que aún hoy se mantienen en pie, lo cual es siempre doloroso.  Exige también la revalorización de conclusiones anteriores des-de el ángulo de visión del Hombre y sus inter-eses.  En otras palabras, estamos hablando de la necesidad de repensar en profundidad tanto la esfera de la política interior, como la de la política internacional, las bases mismas y los principios de la actividad en una y otra direc-ción.  Por lo que yo puedo apreciar, el Movi-miento Humanista también propone la adop-ción de los principios del Nuevo
Humanismo en todas las esferas de la actividad humana, en los fundamentos de la existencia misma de la gente.

Para nosotros, en la Unión Soviética, a mediados de los años ‘80, el Nuevo Pensa-miento fue en la esfera de la política interior no menos, y en parte incluso, aún más actual que en la esfera internacional.  En particular por causa de que, sin cambios radicales en la vida interior del país, sin “perestroika” (reconstruc-ción), no hubiera sido posible una nueva políti-ca exterior.

Es sabido que ya hacia los finales de los años ‘70, la Unión Soviética ingresó a un cam-po de crisis.  Su profundidad la pudimos eva-luar no de inmediato, pero con el tiempo estu-vo claro: si no se llevan adelante profundos cambios, en el país puede producirse la más peligrosa explosión.

La crisis, a la cual nos estamos refirien-do, abarcaba no sólo la economía y la política, era una crisis multilateral del sistema mismo.  La situación del país nos exigía respuestas de acción, nosotros debíamos actuar.  Esto por un lado.  Pero junto con ello este mismo sis-tema nos preparó, nos llevó a que comenzá-ramos a cambiarlo, a que hiciéramos una nue-va elección.

Claro que esta elección no surgió de in-mediato.  Cuando comenzó la perestroika, no todos sabíamos, no todos comprendíamos aunque lo veíamos, que no era posible seguir viviendo así.  No todo estaba comprobado en nuestras acciones de aquel tiempo.  Hubo errores y demoras con el planteo y la resolu-ción de diferentes problemas.  Pero lo impor-tante es que los cambios comenzaron de in-mediato, a partir de marzo-abril de 1985.

Los criterios fundamentales del cambio, sus referencias morales y socio-políticas, tam-poco fueron determinados de inmediato, sino progresivamente.  Algunos de ellos estaban claros para mí desde un comienzo, otros en cambio, se fueron precisando con el tiempo, en la base de un nuevo conocimiento y de la experiencia acumulada.  ¿Cómo es posible formular los criterios básicos del Nuevo Pensamiento en la esfera de la política in-terior?

En la elaboración de nuestros métodos sobre esta cuestión, nosotros partimos de dos posiciones básicas.  La primera: la necesidad absoluta de superar el sistema totalitario, todo aquello que llevaba consigo carácter antihu-mano, lo que frenaba el desarrollo de la socie-dad.  La segunda: la necesidad de emprender en el país aquellas transformaciones que lleva-ran a la creación de una sociedad verdadera-mente humana y democrática.

Definir tanto el primero como el segundo grupo de tareas, y los criterios de su realiza-ción no fue nada fácil.  Fue imprescindible en mucho superar antiguos estereotipos en uno mismo: todos nosotros éramos hijos de su tiempo.  Tuvimos que enfrentarnos con la opo-sición dentro del país, incluido el partido y su conducción.  Fue necesario abrirse camino en la espesura de hábitos y tradiciones de la so-ciedad, engendrados por el sistema totalitario.

Y el primer principio, el primer criterio de la política de la perestroika, definido desde el comienzo mismo, fue: la unidad entre la pa-labra y la acción.  Ya que una de las “tradi-ciones” del pasado totalitario consistía justa-mente en que la palabra estaba demasiado alejada de la acción, demasiado era lo que quedaba sin concretarse.  Realizar este princi-pio resultó muy difícil, por causa de la dificultad objetiva de la tarea y también por causa de que, tras largos años de estancamiento, tanto los jefes como los ejecutores, en el centro y en las regiones, se acostumbraron a que una co-sa son los planes y otra las acciones: en mu-cho es posible no cumplir.  Entre aquello que proclamaba la Constitución Soviética —la Ley Fundamental del Estado— y aquello que se hacía en la práctica, existía una falta de co-rrespondencia colosal.

Otro principio, otro criterio de la política de la perestroika, propuesto casi simultánea-mente con el primero e íntimamente ligado a él, fue la glasnost (transparencia), la apertu-ra en la política.  La política de la transparen-cia se abrió camino también con dificultad, a través de la confrontación con viejos hábitos y estructuras.  Pero trajo grandes frutos.  Esta política garantizó el progresivo despertar de las masas ante la pasividad, la somnolencia del período del estancamiento.  Ella motivó a la gente a la reflexión, la ayudó a orientarse en las nuevas ideas y programas, a valorar a la nueva gente que surgía en el escenario social.

Por supuesto, la glasnost, especialmente con el tiempo, generó particulares dificultades para la jefatura.  Ya que ella se encontró en el foco del proyector.  Si antes cualquier dirigen-te, encubierto por todos los secretos posibles, estaba prácticamente libre de toda crítica des-de abajo, en las condiciones de transparencia la situación cambió radicalmente.  Esto, creo, fue muy positivo.  La glasnost condujo al au-mento del sentimiento de responsabilidad en todos, desde arriba hasta abajo, en todos los campos de actividad.  Aunque no dejó de en-contrarse la especulación y hasta el mal uso de tal transparencia.

El más importante criterio de la política de la perestroika fue el de garantizar la liber-tad.  Libertad en la política, en la economía, en la vida espiritual.  Y esto exigió especiales es-fuerzos: la sociedad totalitaria era una socie-dad de la no-libertad, una sociedad en la que el partido-estado determinaba todo, estable-ciendo rígidos encadenamientos para la activi-dad de todo tipo.

La realización del criterio de libertad exi-gía ante todo una afirmación de la democra-cia.  Para nosotros esto, en esencia, significa-ba una profunda innovación.  Ya que a pesar de que en nuestra Constitución se hablaba siempre de libertad, en la práctica no era más que un principio proclamado.

A veces se dice que la democracia es una premisa de la libertad individual.  Esto es así pero sólo en una determinada medida.  En esencia, sólo una persona libre puede ser un verdadero sujeto de la sociedad democrática.  Sin embargo, al mismo tiempo, sólo una so-ciedad democrática es capaz de defender y desarrollar la democracia.

Se comprende que estoy hablando de democracia no como una observación formal de determinados principios, sino como una consecuente incorporación de la gente, en los hechos, a la toma de decisiones de la socie-dad, estableciendo un contacto directo y recí-proco entre el poder y los ciudadanos.  Esto exige la creación de un estado de derecho, la división de poderes, una verdadera elegibilidad de los órganos de poder, el desarrollo de la autogestión.  Y esto exige, además, tiempo: la gente, ganando libertad, debe aprender a usar esta libertad.

El establecimiento de condiciones verda-deramente democráticas supone, como condi-ción imprescindible, el reconocimiento y la concreción en la práctica del principio de plu-ralismo.  Y éste también fue uno de los crite-rios de la política de la perestroika, aunque no de inmediato, sino con el tiempo.

Cualquier sociedad es internamente múl-tiple y por su misma esencia contradictoria.  Así era también la sociedad soviética, aunque esto no lo reconocíamos.  La rivalidad entre diferentes escalas de valores, corrientes políti-cas y de ideas, el diálogo, el “control” recípro-co, son cosas necesarias para una sociedad normal.  Ella necesita de este autoimpulso para avanzar, sin lo cual está condenada al estancamiento, las crisis, los callejones sin salida.

La perestroika partió de que la democra-tización de la sociedad, la afirmación entre otros del principio del pluralismo, está relacio-nada no sólo con la vida política e ideológica, sino también con la vida económica de la so-ciedad.  Por esto la progresiva afirmación de la igualdad de diferentes formas de propie-dad, las medidas dirigidas a una transición hacia una economía de mercado con orien-tación social.  En este contexto, partí de la idea de que el mercado no era un objetivo en sí mismo sino un medio para alcanzar deter-minados objetivos, ante todo el bienestar de la gente; de que mercado no es idéntico a demo-cracia y libertad no es idéntica a mercado.

Y algo más, muy importante.  Llevando adelante la política de la perestroika, puse mu-cha atención en que los medios aplicados co-rrespondieran estrictamente con los nobles objetivos propuestos.  En general, la correla-ción entre objetivos y medios es uno de los problemas más enormes y complicados de la política, de la actividad política, de los proce-sos políticos.

Para nosotros, en las condiciones de la Unión Soviética de la segunda mitad de los años 80, el problema de los objetivos y los medios tenía varios aspectos.  Uno de ellos, fundamental, consistía en lo siguiente: la pe-restroika, por la profundidad de las transfor-maciones proyectadas, representaba induda-blemente una revolución.  Pero esta era una revolución que debía concretarse por el cami-no de la evolución, o sea, de las reformas.

Esto significaba, a su vez, que los cam-bios previstos debían ser producidos sin violencia, sobre todo armada, por caminos pacíficos.  Evitar la violencia era mi norma in-terna.  Y aunque no fue posible evitar escara-muzas armadas, ante todo en las regiones con conflictos nacionales, no permitimos que co-rriera mucha sangre.  Y un riesgo de este tipo existía.

Y finalmente, un aspecto importante del problema de los objetivos y los medios fue para mí la cuestión de los “tempos” de las transformaciones.  Es bien conocido que, junto con los contrarios a los cambios en gene-ral teníamos, y no en poca cantidad, gente que proponía métodos de “shock”, sin considerar la situación del país y de la opinión pública, la transformación inmediata total.  Ya entonces estaba convencido y ahora, apoyándome en la experiencia acumulada en el período de la perestroika y después de ella, me he conven-cido más aún: la prudencia, la precaución (a pesar de determinados costos que esto conlle-va) de todos modos son preferibles.  El apre-suramiento, la precipitación, cualquier tipo de “salto”, es algo afín con el bolchevismo.  Llevar a la gente por la fuerza, aun a los mejores re-gímenes, significa desacreditar la política de cambios, cuando no hacer fracasar toda la empresa.

Estas son algunas consideraciones res-pecto de los criterios y principios de la política de la perestroika en el aspecto interno del pa-ís.  Es posible afirmar que todo esto son cosas conocidas, que en la Unión Soviética adquirie-ron (cosa que es natural) particulares acentos y matices, diferentes a lo anteriormente cono-cido.  En general esto es cierto.  Sí, al definir los criterios de la política de la perestroika, indudablemente nos basamos en los valores morales elaborados por la humanidad a lo lar-go de siglos, en los valores del humanismo y la democracia.  Creo que esta fue una elección correcta.

Alrededor de estos valores siempre ha habido y continúa aún hoy una lucha muy du-ra.  Su afirmación, su arraigamiento avanza con dificultad.  Pero precisamente estos valo-res y su realización en la práctica son la garan-tía de un efectivo y no aparente progreso de la sociedad y del Hombre mismo.

No puedo dejar de coincidir con el postu-lado del Documento del Movimiento Humanista que afirma: “...no se puede partir de otro valor central que el del ser humano pleno en sus realizaciones y en su libertad”.  Por ello los humanistas proclaman: “Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro”.  De estas mismas ideas partimos nosotros, en esencia, al realizar la política de la perestroika.

Por lejos, no todo lo que se proyectó, re-sultó.  El pustch de las fuerzas antirreformistas en agosto de 1991 interrumpió la política de la perestroika.  Después de esto se inició una etapa totalmente diferente.  Pero echando una mirada hacia atrás, no puede dejarse de reco-nocer que en un período relativamente corto de tiempo se logró hacer bastante.  El balance de lo hecho tiene su peso.  Fue liquidado el sistema totalitario, que había cancelado por mucho tiempo al país la posibilidad de llegar a ser próspero y floreciente.

Fue abierta una brecha en el camino de las transformaciones democráticas.  Las elec-ciones libres, la libertad de prensa, la libertad religiosa, la representatividad de los órganos de poder, la pluralidad partidaria, se hicieron realidad.  Los derechos humanos fueron reco-nocidos como un principio riguroso.

Comenzó el movimiento hacia la econo-mía diversificada, hacia la afirmación en la práctica de todas las formas de propiedad.  En los marcos de la reforma agraria comenzó a renacer la agricultura, surgieron los granjeros, millones de hectáreas de tierra fueron otorga-das a los habitantes del campo y de las ciuda-des.  Fue legalizada la libertad económica del productor y comenzaron a cobrar fuerza la empresa, las sociedades por acciones, la pri-vatización.

Los pueblos, las nacionalidades, recibie-ron una real libertad de elección del camino de su autodeterminación.  Las búsquedas de una reforma democrática del estado multinacional nos condujeron hasta la inminente firma de un nuevo acuerdo de la Unión.

En otras palabras, fue instalada una sa-ludable base para el posterior avance hacia una sociedad democrática y más humana.





III


En una de sus últimas publicaciones, el “Diccionario del Nuevo Humanismo”, el Movi-miento Humanista, partiendo del reconocimien-to de la vida humana como más alto valor ético y social, se expresa resueltamente a favor de la paz, de la paz entre diferentes grupos étni-cos, religiosos y sociales, entre estados y gru-pos de estados.  En el logro de la paz, en la contribución a la comprensión mutua entre las personas pertenecientes a diferentes culturas y generaciones, en la superación de la descon-fianza, el odio y la violencia, el Movimiento ve su más alto ideal.

Con todo esto yo estoy completamente de acuerdo.  En esencia todas estas son las ideas que en plena medida fueron tenidas en cuenta por el Nuevo Pensamiento, intentando llevarlas a la práctica en las relaciones interna-cionales.

Frecuentemente me hacían y aún hoy me hacen la pregunta: ¿qué lo motivó a aplicar medidas tan enérgicas, para terminar con la “guerra fría”, con la confrontación?  Y en esta pregunta muchas veces la idea oculta era: ¿no fueron las dificultades internas de la economía soviética, que no soportaba la carrera arma-mentista, las que lo impulsaron a Ud.?

Por supuesto, el sentido común llevó a la comprensión de que la carrera armamentista, el complejo militar-industrial, literalmente se chuparon la energía vital de la economía popu-lar.  Pero terminar con esto no era posible sin superar la ideología y la práctica de la confron-tación armada de los dos “bandos”, sin el tras-lado al terreno de la política real de nuestros llamamientos propagandísticos para la convi-vencia pacífica.  Esto es evidente.

Pero, de todos modos, las principales motivaciones, que nos dieron la resolución de hacer todo lo posible para terminar con la gue-rra fría, fueron de tipo moral.  Cada persona normal comprendía adónde nos podía llevar a todos la confrontación, ese balanceo en el lími-te de la catástrofe nuclear.  Pero la confronta-ción continuaba y no se le veía el final.  Estaba claro: se necesitan medidas innovadoras, no ordinarias, para detener ese “tren del infierno”.

El análisis de la situación y de los cami-nos de salida comenzó incluso antes de 1985.  Y luego del inicio de la perestroika este trabajo recibió un nuevo y fuerte impulso.  ¿De qué se trataba?  De redefinir los reales intereses na-cionales del país, los parámetros e imperativos de su seguridad.  Mirar lúcidamente el estado de la sociedad mundial, los vectores y tenden-cias principales de su desarrollo.  Finalmente, elaborar un programa pensado de acciones concretas en las principales direcciones de la práctica de las relaciones exteriores.

Reflexionando sobre estos temas noso-tros comprendimos: la cosa está no tanto en las acciones realizadas en nuestra política del pasado, que estimulaban frecuentemente la confrontación, cuanto en aquellas concepcio-nes que predominaban en las relaciones inter-nacionales y que le eran propias también a la política exterior soviética.  Concepciones que se apoyaban en visiones dogmáticas y no en la realidad, en un lúcido análisis de la situa-ción.  Concepciones que orientaban la política de los estados, incluso la del nuestro, hacia una inflexible confrontación con el mundo “aje-no”.

Comprendíamos, claro, que no todo de-pendía de nosotros, de nuestras posiciones y conclusiones.  El pensamiento confrontativo, la cultura política confrontativa estaba presente en todos, a ambos lados de la “cortina de hie-rro”.  Pero asumíamos nuestra parte: de noso-tros es mucho lo que depende.  Ya que la Unión Soviética era el estado más enorme del mundo, una gran potencia nuclear.  Los años de la confrontación engendraron —de ambos lados— miedos, desconfianza, y nosotros hicimos en este proceso nuestro aporte.  Y tomando conciencia de todo esto, comenza-mos a movernos activamente en diferentes direcciones en la práctica; pero, en igual medi-da y con no menor actividad, en el plano de las búsquedas teóricas, la búsqueda de principios y criterios de la nueva política de la Unión So-viética misma y de la política internacional en su conjunto.  Principios y criterios que, no po-niendo en peligro los intereses de nadie, fue-ran al fin de cuentas aceptables para todos.

Fruto de este trabajo fue el Nuevo Pen-samiento: una filosofía y una nueva metodolo-gía para los asuntos mundiales.

La tesis de partida: el reconocimiento de la creciente integridad del mundo, de la interrelación e interdependencia de los es-tados que lo componen.  Hacia mediados de los años 80 estos procesos recibieron un po-tente desarrollo.  Utilizo aquí las palabras de Mario Rodríguez (Silo): “Llegan nuevos tiem-pos y surge una nueva concepción del mundo, que se presenta ahora como una cierta inte-gridad...”.

Las fuentes de esta integridad son diver-sas: la internacionalización de la vida econó-mica, la mutua influencia de las decisiones políticas de los estados, la formación de un espacio informacional y cultural cada vez más denso.

Por otra parte, el impulso a la profundi-zación de la interdependencia genera una acumulación de problemas globales: ecológi-cos, demográficos, energéticos, de materias primas y otros.  Su resolución no es posible en los marcos de un país, e incluso de una región.  Esto exige de la colaboración internacional, de la movilización de los potenciales materiales y espirituales de todos los pueblos del mundo.

Todo esto, naturalmente, no quita que sigan existiendo problemas nacionales y re-gionales, problemas sociales y de clases.  Pero en definitiva su resolución no será plena sino limitada, cuando no imposible, si no se tienen en cuenta las nuevas realidades globa-les de un mundo que se va unificando.

Considerando lo dicho, el Nuevo Pensa-miento ha promovido como uno de sus princi-pios más importantes el siguiente: hoy han pasado a un primer plano no los intereses nacionales, locales o de clase, sino los in-tereses humanos.  Precisamente la satisfac-ción de estos intereses resulta —en gran me-dida— una premisa para la satisfacción de todos los demás.

Esta conclusión se ha convertido en mé-dula del Nuevo Pensamiento.  Es la que ha permitido valorar en la magnitud adecuada el significado vital para las relaciones internacio-nales de los principios morales, que a lo largo de los siglos fueron elaborados por los pueblos y acuñados por las grandes mentes de la hu-manidad.

Lamentablemente debo admitir que esta conclusión, teóricamente nueva, durante largo tiempo y aún hoy, se mantiene fuera del cam-po de visión de destacados científicos extran-jeros que han estudiado la cuestión de la in-terdependencia.  Entre los políticos, a su vez, está bastante difundido el punto de vista que de lo humano no tiene sentido hablar, para ellos tiene importancia ante todo sus propios intereses egoístas.

Debo decir que me infunde respeto el modo en que el Movimiento Humanista plantea la cuestión de diferenciar entre “globalización” y “mundialización”.  Ciertamente, desde un punto de vista terminológico esto da que pen-sar, ya que, en esencia, son términos muy cercanos.  Pero lo importante es que el Movi-miento Humanista rechaza ese modo de con-cebir la globalización que reduce todo este proceso objetivo a la consolidación de las po-siciones de los grupos financieros internacio-nales, de los monopolios internacionales, en detrimento de los intereses de los estados, los pueblos, las comunidades nacionales; a la subordinación de estos últimos a los intereses de los grupos y monopolios mencionados.  Esta tendencia, efectivamente, tiene lugar.

A su vez, el Movimiento Humanista con-trapone a tal globalización, la mundialización.  Esto es, el proceso de acercamiento de las diferentes culturas, que no implica sin embar-go, ni la homogeneización de los países y los pueblos, ni la pérdida de sus respectivas iden-tidades.

El Nuevo Pensamiento, a la par de la te-sis sobre la unificación del mundo, sobre la interdependencia, presentó la tesis de que este mundo es, al mismo tiempo, un mundo de multiplicidad.  La dialéctica entre integri-dad y multiplicidad, unidad e individualidad, especificidad de los países, los pueblos, las regiones del planeta, es una de las fuerzas motoras del progreso contemporáneo.  El mundo no es una homogeneidad, sino una unidad en la diversidad, en el cotejo y acuerdo de las diferencias.

La tesis sobre la multiplicidad del mundo, se entiende, no es nueva.  ¿Qué fue lo que introdujo el Nuevo Pensamiento en la com-prensión de este hecho?  Él llevó el reconoci-miento de la diversidad hasta una conclusión lógica necesaria: el reconocimiento de la indiscutible libertad de elección de cada pueblo de su propio camino de desarrollo y de su estilo de vida particular.

Cada país, cada pueblo, tiene sus dere-chos e intereses, sus aspiraciones y tradicio-nes.  Ésta es una importantísima realidad de nuestro tiempo.  Pero el desarrollo de este proceso evidentemente superó la capacidad de algunos políticos de los grandes países de analizar y comprender los irreversibles cam-bios que tienen lugar.  De aquí los residuales de aspiración al hegemonismo, a la subordina-ción de otros países a los propios intereses, a la intromisión y comando de otros con ayuda de medios políticos, económicos e inclusive militares.  Pero todo esto contradice al sentido mismo de ese colosal adelanto en el curso de la historia mundial, relacionado con la supera-ción del colonialismo, con la conversión de decenas de países en actores soberanos de la arena política mundial.

Me es muy cercana la propuesta del Do-cumento del Movimiento Humanista, que dice: “Los humanistas son internacionalistas, aspi-ran a una nación humana universal.  Comprenden globalmente al mundo en que viven y actúan en su medio inmediato.  No desean un mundo uniforme sino múltiple: múl-tiple en las etnias, lenguas y costumbres; múl-tiple en las localidades, las regiones y las au-tonomías; múltiple en las ideas y las aspiracio-nes; múltiple en las creencias, el ateísmo y la religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en la creatividad”.

Pero el reconocimiento de la multiplici-dad del mundo, del derecho de los pueblos a la libertad de elección, inevitablemente lleva consigo una conclusión más, que también fue hecha por el Nuevo Pensamiento.  Consiste en que las relaciones internacionales deben construirse no sobre el equilibrio de fuer-zas, sobre la política de la fuerza, sino so-bre una política de indiscutible respeto de los intereses de todos los estados, sobre el equilibrio comprobado de sus intereses.

Se entiende que es muy importante para cada estado identificar correctamente sus in-tereses.  No permitir a uno u otro grupo egoís-ta, hegemónico, poner su interés avaro como nacional, estatal.  Ésta es una cuestión de res-ponsabilidad de los políticos de cada país y de honradez en sus intenciones.

Y finalmente, el problema de la seguri-dad.  Durante siglos se consideró que el mejor método de garantizar la seguridad de un esta-do era la acumulación de fuerza militar, que superara en potencia al probable adversario.  Incluso en el derecho internacional, hasta los años 20 del siglo XX, la guerra, los métodos militares y violentos de garantizar la seguridad, eran considerados como legales y admitidos.

El ingreso de la humanidad en la era nu-clear-misilística, el cambio cualitativo del ca-rácter del armamento, abrieron un campo fun-damentalmente nuevo en la historia humana.  Un conflicto con utilización de armas modernas es capaz de conducir a la exterminación total del género humano.  Pero esto significa que el carácter del armamento moderno no deja a ningún estado la esperanza de defenderse a sí mismo sólo con medios militares.  Garantizar la seguridad cada vez más se presenta como una tarea política, que corresponde resolver, ante todo, con métodos políticos.

Y los métodos políticos son justamente esa búsqueda de un equilibrio de intereses, la consideración recíproca de los intereses en el curso de las negociaciones, discusiones y con-tactos de distinto tipo.  En la base de negocia-ciones, que suponen tolerancia, realizar una búsqueda consecuente de soluciones mutua-mente aceptables.

Surge en estas condiciones una nueva dialéctica de la fuerza militar y la seguridad.  Ante la posibilidad de la guerra nuclear, y aho-ra cada vez más, de la guerra con los nuevos tipos del armamento así llamado convencional, que se aproxima por sus posibilidades destruc-tivas al nuclear, no es dable alcanzar objetivos políticos razonables.  Pero es completamente posible lanzar a la humanidad toda a un catas-trófico abismo.

Claro que, siendo realista, es difícil de imaginar que en un futuro cercano la humani-dad esté en condiciones de renunciar por completo al uso de la fuerza militar para la resolución de las contradicciones existentes o posibles.  Sin embargo, con un mínimo acuer-do de la mayoría de los miembros de la comu-nidad mundial, el campo de aplicación de la política de fuerza podría ser limitado, reducido.  Y que la utilización de la fuerza sea sometida al más severo e inmediato enjuiciamiento.

Sin embargo, el nuevo carácter del ar-mamento, la nueva dialéctica de la fuerza mili-tar y la seguridad obligan a sacar una conclu-sión más: la seguridad en las condiciones actuales puede ser sólo recíproca (espe-cialmente si se trata de las grandes poten-cias, en primer lugar las nucleares), y si consideramos a las relaciones internacio-nales en su conjunto, sólo global.  De esto partió el Nuevo Pensamiento.

Tales son algunos de los principios y cri-terios básicos del Nuevo Pensamiento en lo que hace a la política internacional.  Se puede plantear entonces una pregunta: ¿acaso todo lo que se ha dicho hasta aquí es nuevo?  ¿Acaso nada de esto había sido propuesto antes?  Es cierto, mucho de esto ya había sido dicho y propuesto antes.  Recuerdo que res-pecto de la necesidad de un nuevo pensa-miento en el siglo nuclear habló ya en su mo-mento Albert Einstein.  Sobre ello hablaron también los participantes del encuentro de científicos de Paguosh en el año 1982: 111 de los 118 premios Nobel en ciencias naturales.

¿Qué es lo nuevo que propuso el Nuevo Pensamiento en esta esfera?

Ante todo el Nuevo Pensamiento reunió varias de las ideas y visiones expresadas ante-riormente en un único y armonioso sistema.  Completó esta suma de ideas con nuevas pro-puestas, sobre las cuales se habló más arriba.  Finalmente, y esto puede ser lo más importan-te, convirtió las ideas propuestas en actividad práctica, en una práctica política real.

Aquí no es posible y difícilmente sea ne-cesario, relatar nuevamente toda la historia de la actividad diplomática en los años de la pe-restroika.  Será útil, sin embargo, intentar ha-cer un balance de lo logrado por la política del Nuevo Pensamiento.

El primer y principal logro consistió en que precisamente como resultado de la política de la Perestroika, del Nuevo Pensamiento, se acabó con la “guerra fría”.  Se llegó al fin de un largo y potencialmente mortífero período del desarrollo mundial, cuando toda la huma-nidad vivía bajo la permanente amenaza de una catástrofe nuclear.

Es sabido que ya durante varios años se discute acerca de quién ganó y quién perdió en la “guerra fría”.  A mi parecer, el modo mis-mo de plantear la cuestión es un tributo al pasado, al pensamiento confrontativo.

Desde las posiciones de la razón es evi-dente que la que ganó fue la humanidad toda, cada país, cada ser humano.  La amenaza del exterminio nuclear pasó a ser parte de la histo-ria.  Por supuesto, si no se produce algún salto hacia atrás, cosa que depende de los políticos y de la política.

Otro importante resultado de la práctica del Nuevo Pensamiento en la esfera de la polí-tica mundial: la eliminación de la pantalla de la “guerra fría” otorgó la posibilidad de la libertad de elección a muchos pueblos en Europa y en el “tercer mundo”, soltó el proceso democrático artificialmente retenido durante décadas.  El campo de acción de las fuerzas del totalitarismo se redujo significativamente.  El campo del desarrollo democrático se am-plió.

En definitiva, la perestroika en el plano internacional se convirtió en factor de perfec-cionamiento, de humanización de las relacio-nes internacionales.

El Nuevo Pensamiento dejó como heren-cia a la política mundial:

una concepción global de la seguridad internacional, adecuada a las nuevas condi-ciones; concepción cuya realización es capaz de garantizar una seguridad igualitaria para todos.  No es casual que recibiera el apoyo de una cantidad de resoluciones de la Organiza-ción de las Naciones Unidas;
una concepción que comprende de un modo amplio a la seguridad internacional: no sólo como político-militar, sino abarcando to-dos los aspectos de la existencia de la comu-nidad mundial, todos los fenómenos capaces de generar una amenaza para la seguridad de la gente, de las naciones, de los estados.
una concepción de un mundo no-nuclear, no-violento;
una nueva metodología de manejo de los asuntos internacionales, basada en un tipo de relación neutro, no ideologizado, en el equi-librio de intereses, en el primado indiscutible de los medios políticos, en la búsqueda de acuerdos razonables, basados en el equilibrio de intereses, en el reconocimiento a todos los pueblos de la libertad de elegir su propio cami-no.



IV


Ahora, en la segunda mitad de los años noventa, la situación mundial no da mucho fundamento para el optimismo.  Las esperan-zas en una profunda renovación de la política mundial, que surgieron en los años de supera-ción de la confrontación, evidentemente no han sido justificadas.  Más aún, en algunos aspectos se produjo un cierto retroceso.  Se renovaron los intentos de formular la “imagen del enemigo”, de instalar la desconfianza entre los pueblos.  A la vista los planes (como por ejemplo el plan de la OTAN de expansión hacia el Este) cuya realización es capaz de introducir nuevamente líneas divisorias en Eu-ropa.  La política de la fuerza evidentemente no quiere entregar sus posiciones.  Tiene lugar también lo que ha recibido el nombre de nueva carrera de armamentos: la creación de nue-vos, cada vez más peligrosos tipos de arma-mento, aun cuando se llamen “convenciona-les”.  En numerosas regiones del mundo, in-cluso en Europa, surgen focos de conflicto, generados en muchos casos como resultado de acciones irracionales, aun de los estados más grandes.

¿En dónde está la causa de todo esto?  Ante todo, en las acciones de los políticos.  En que los líderes de muchos países se han ale-jado demasiado de aquellos principios que los guiaron en los años de la superación de la “guerra fría”.  Por supuesto, en aquel tiempo tampoco todos, ni en todas partes, adoptaron las ideas del Nuevo Pensamiento.  Pero mu-chas de estas ideas fueron, al menos, apoya-das.  Su adopción por destacados actores de aquellos años fue lo que permitió abrirse paso en la jungla de la confrontación.  Pero ahora en muchos casos salen al proscenio fuerzas adictas a las tradiciones del pasado, aquellas mismas que alimentaron a la “guerra fría”.

Otra causa, no menos importante, de los saltos hacia atrás producidos: la desintegra-ción de la Unión Soviética.  Este país fue, aun con todos los defectos de su política en los años anteriores a la perestroika y con todas las dificultades de los años de perestroika, un obstáculo suficientemente confiable y respeta-ble en el camino de las aspiraciones hegemó-nicas, del mal uso de la política de la fuerza.  Con la desaparición del mapa del mundo de este país, la relación de fuerzas políticas cam-bió.  Y por lejos, no en la mejor dirección.

Y otra cosa importante: el alejamiento de Rusia, sucesora de la Unión Soviética en la arena internacional, de los principios de la pe-restroika tanto en la política interior como exte-rior.

Dentro del país triunfó la posición de aquellos que se orientan por los intereses ego-ístas de determinados grupos, de los que to-maron como “modelos” de desarrollo recetas importadas, inadecuadas a la situación rusa, contrapuestas a las tradiciones rusas.  Resultado: una profunda crisis de la democra-cia, debacle económica, catástrofe social.

En lo que hace a la política internacional, a lo largo de varios años después de 1991, sencillamente perdió las referencias, perdió su propia voz, se olvidó de los intereses del país.  Ahora la situación es un tanto mejor, pero el perjuicio causado, muy por el contrario no está aún compensado.

Hoy en Rusia y en el mundo frecuente-mente se puede escuchar: ¿Nuevo Pensa-miento?  Es un fruto de su propio tiempo, ya vivió lo suyo.  Pero, por mi parte, estoy total-mente en desacuerdo con esto.

Digo más.  Estoy convencido de que Ru-sia, por ejemplo, puede en los hechos avanzar por el camino del renacimiento nacional sólo en el caso de que vuelva a los ideales huma-nistas de la perestroika, a aquellas orientacio-nes de las que hemos hablado antes.  Sólo con esta condición Rusia podrá renacer como una potencia democrática, pacífica y humana.

¿Y en el plano internacional?  Lo mismo.  Ya que todas las tendencias del desarrollo mundial, de cuya consideración partió el Nue-vo Pensamiento, siguen vigentes.  Y continúan profundizándose.  Lo cierto es que estas ten-dencias, cada vez con mayor actividad, inten-tan ser aprovechadas para sus intereses por el capital financiero internacional y las compañías multinacionales.  Y esto influye negativamente en todos los aspectos de la vida de la comuni-dad mundial.

No es posible disentir con la aguda y a la vez justa evaluación de Silo: “Al tiempo que crece la estructura regional y mundial de poder de las compañías multinacionales, mientras el capital financiero internacional se va concen-trando, los sistemas políticos pierden su auto-nomía y la legislación se adapta al dictado de los nuevos poderosos del mundo”.  Esto habla de una cosa: es necesario contraponer a los enfermizos procesos de nuestros días una política pensada, equilibrada, basada en prin-cipios humanistas, de colaboración global de los países y los pueblos por el bienestar del Ser Humano.  Y esta política por el momento no existe.

Por otra parte, los principios políticos del Nuevo Pensamiento y la metodología elabora-da por él para el manejo de los asuntos inter-nacionales —que ahora intentan substituir con copias de los arsenales de comienzos del siglo XX, cuando no del siglo XIX, con principios del tipo “divide y reinarás”— son los capaces de sacar a la política mundial del laberinto en que se arriesga a caer nuevamente.

Por supuesto, de ningún modo estoy in-citando a una mecánica “repetición de lo he-cho”.  El Nuevo Pensamiento, en lo que hace a la política interna (teniendo en cuenta los cam-bios acontecidos en Rusia), y en lo que hace a política internacional, debe continuar desarro-llándose.  Debe considerar en plena medida los nuevos fenómenos y las nuevas exigencias generadas por ellos, los nuevos desafíos de este tiempo.

Pero, ¿de qué desarrollo estamos ha-blando?  Estoy convencido de que se trata de un desarrollo en el espíritu de una cada vez más completa comprensión y asimilación de las ideas del humanismo.  Se trata de aportar a la superación de la enfermedad de la actual civilización, a la transición de la humanidad hacia una nueva civilización.

A veces se dice que el tiempo de una nueva civilización aún no ha llegado, que debe esperarse un momento más favorable.  No es así, los problemas se agudizan, el tiempo pasa y no hay que perderlo.  No hay momentos ideales.  Es necesario actuar ahora, no dejar empeorar la situación.

Pero, ¿cómo debe ser esa nueva civili-zación?  Hoy la humanidad vive en condicio-nes tales que debe permanentemente preocu-parse de su sobrevivencia.  Éste no es un de-sarrollo normal.  Un desarrollo normal es pro-gresista, un desarrollo que garantice —y aquí hablo en los términos de los humanistas— “la superación del dolor y el sufrimiento” de la gente.

He dicho desarrollo progresista.  Pero ahora necesita progresar la idea misma de progreso.  El ascenso de la humanidad hacia la realización del sentido de su historia debe darse sin el perjuicio interminable al Hombre y al resto de la naturaleza, sin la degradante y destructiva explotación de la gente y de pue-blos enteros, sin la pérdida irrecuperable de valores morales y espirituales y, por supuesto, en condiciones de una colaboración global, igualitaria, libre de elementos de violencia ar-mada, en condiciones de un desarrollo pacífico para todos.

En un plano más amplio, la civilización del futuro la imagino no uniforme, homogénea, sino por el contrario diversificada, pluralista.  Sólo en este caso ella podrá adaptarse mejor a la aceleración de los cambios, a los desafíos de este tiempo.

No vamos a entrar en detalles, la cons-trucción especulativa de esquemas de la civili-zación del futuro es un asunto improductivo.  El futuro crece desde el día de hoy, desde los desafíos del día de mañana, a los cuales es necesario dar respuesta, desde las tendencias objetivamente determinadas del desarrollo del socium.

Nuestra Fundación eligió para sí la divi-sa: “Hacia una nueva civilización”.  Y nosotros atentamente estudiamos los problemas co-rrespondientes.  Por supuesto no en solitario, sino en conjunto con aquellas personas y or-ganizaciones que están dispuestas a participar en la búsqueda de caminos reales hacia un futuro mejor.  Entre ellas, en conjunto con el Movimiento Humanista.

Planteo, sin embargo, la siguiente pre-gunta: ¿es real el avance hacia una nueva civilización?  ¿No es ésta una nueva utopía?  Pienso que las lecciones de la última década y ante todo de los años de la perestroika, la que fue, por así decirlo, un examen práctico de los métodos humanistas para la transformación de la sociedad, nos permiten darle a la última pregunta una respuesta negativa.

¿En qué consisten estas lecciones?  En primer lugar en que, como demostró la peres-troika, la afirmación de las ideas del humanis-mo y la democracia, aun en una sociedad so-brecargada de totalitarismo, es algo comple-tamente real.  En verdad, en la Unión Soviética en tan sólo cinco años sucedieron cambios gigantescos.  De esto ya hemos hablado.  Más aún tales cambios pueden ser realizados en los países en que, desde hace ya mucho tiem-po, se afirman las tradiciones democráticas, concretándose de un modo distorsionado en la práctica.

En segundo lugar, las lecciones de la última década nos dicen: la política está llama-da a jugar un rol decisivo en la concreción de los cambios.  Una política que una su actividad a principios morales, que sirva a la causa del humanismo.  La perestroika dice: la elabora-ción de tal política y su aplicación son posibles incluso en una sociedad con una pesada he-rencia del pasado.  Más aún serán posibles en países que no tengan semejante herencia.

En tercer lugar, estas lecciones afirman: los cambios humanistas y democráticos son posibles sólo en el caso de que no sean asun-to exclusivo de las cúpulas políticas, sino que se conviertan en un logro del pueblo, de la sociedad en el más amplio sentido de la pala-bra.

Esto se relaciona, a propósito, tanto a la política interior como a la internacional.  La aplicación de la política del Nuevo Pensamien-to hubiera sido extremadamente dificultosa, y en ciertos aspectos imposible, si no hubiera recibido el apoyo amplio de las fuerzas socia-les: desde los científicos hasta los religiosos, desde la juventud hasta los representantes más destacados de la cultura mundial.

En el último tiempo, el activismo de las fuerzas sociales se ha debilitado.  En este con-texto llama poderosamente la atención la acti-vidad de organizaciones tales como el Movi-miento Humanista, la campaña iniciada por los humanistas para un “Mundo sin guerras”.  Con un sincero deseo de éxito en sus trabajos yo quisiera finalizar este escrito.

Tomando en cuenta las lecciones del pa-sado cercano, inspirándonos en las ideas del humanismo y del Nuevo Pensamiento, pode-mos, creo, mirar hacia el futuro con optimismo.






Fuente: http://www.leonalado.org/archivo/Libros/Humanismo%20y%20Nuevo%20Pensamiento.doc

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