sábado, 2 de enero de 2010

Filosofía, ideología y doctrina en la reflexión latinoamericana

María Luisa Rivara de Tuesta
Universidad de San Marcos
Profesora Emérita
Lima - Perú

En la reflexión latinoamericana se da una relación intrínseca entre filosofía y sociedad civil. En el transcurrir histórico de nuestra filosofía es posible determinar etapas que están constituidas por la adopción de una determinada concepción filosófica que al trasladarse o implantarse en nuestro continente sufre modificaciones transformándose en ideología, la cual, a su vez, en la medida en que alcanza a las multitudes, queda
convertida en una doctrina.

I

Y es que desde el encuentro del Nuevo Mundo con Occidente la filosofía ha servido de fundamento a nuestro transcurrir histórico. Nuestro pensamiento se ha desenvuelto en tres identificables niveles. En primer lugar como categoría filosófica ya que se transfiere, en forma y contenido, a las universidades, academias y altos centros de estudios teológicos, desde donde comienza a expandirse penetrando las altas esferas políticas e intelectuales. Hemos adoptado y recepcionado así, con pureza teorética: escolástica, ilustración, romanticismo, positivismo, filosofía idealista o espiritualista y materialismo o marxismo, que se constituyen en connotadas etapas de nuestro pensamiento filosófico. Este nivel filosófico es el punto de partida de la categoría ideológica.
Entendemos por ideología aquella expresión de nuestra reflexión que constituye una modalidad sui generis de nuestro filosofar. En sentido estricto no es modalidad filosófica ni científica, sino que surge como una forma de pensamiento tensional debido a que las concepciones filosóficas al trasladarse a nuestro continente se reconocen o se evidencian como inaccesibles y hasta incompatibles con nuestra propia tempo-espacialidad. Sin embargo, son adaptadas y aplicadas como horizonte de pensamiento renovador o como posible agente de cambio. Podemos, por eso, señalar paralelamente a las etapas filosóficas un transcurrir ideológico en el que se evidencia que la filosofía adoptada no es seguida literalmente, sino que se modifica por el peso que impone la propia realidad pero que al sufrir esas modificaciones o adaptaciones actuaron sobre ella modificándola.

Las etapas ideológicas pueden ser concretizadas. En efecto, en la etapa colonial la filosofía escolástica tiene una influencia determinante en la conceptualización del aborigen surgida de la ideología humanista reformista, fundamentalmente defensora de la capacidad intelectual del natural americano. La problemática que se suscita en torno a esta cuestión es esencialmente antropológica, pues está referida a la racionalidad y aptitud del indígena para asimilarse a la cultura occidental. Pero lo importante estriba en el hecho de que los valores establecidos por las culturas prehispánicas obligaron a un planteamiento ideológico que en última instancia debía admitir que hombres extraños al proceso histórico-cultural occidental, -con sus propias y peculiares formas de pensamiento acerca de Dios, el mundo y el hombre, habiendo por ende vivido y realizado otra historia- pudieran ser admitidos e introducidos en el proceso histórico occidental.
Nuestra ideología ilustrada se desenvolvió en un largo proceso que abarcó la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX. Lo evidente es que la filosofía ilustrada alentó a nuestros ideólogos de la emancipación, desde la razón o las luces, en su afán de cambio, de reformas y de revolución.
La ideología romántica social logró, en pugna con los conservadores, que se adoptase y luego mantuviese el sistema republicano, así como también que se decretara la libertad de los esclavos negros. Los conservadores, siempre atentos a los peligros que implicaba una plena democracia, la detuvieron a través del caudillaje militar y las dictaduras.
En la etapa positivista la divisa de "orden y progreso" es ideologizada, sobre todo en el campo de la política, para respaldar regímenes dictatoriales.
La nueva etapa ideológica, inaugurada con la pugna ideológica entre espiritualismo y marxismo, se prolonga hasta la década del noventa. Con la caída del socialismo real se adopta la filosofía liberal cuya expresión ideológica actuante se evidencia en el neo-liberalismo económico, político y jurídico que pasa a convertirse en la doctrina imperante.
El fenómeno de adaptación de un horizonte filosófico de naturaleza tempo-espacial diferente es lo que va constituyendo las categorías ideológicas. Como categoría doctrinal paulatinamente impregna las áreas de la cultura, se difunde y expande a través de aforismos o conceptualizaciones abreviadas o simplificadas de la filosofía que fue su punto de partida.
Hasta la década del 40 la modalidad ideológico-doctrinal que hemos descrito ha caracterizado nuestro proceso histórico-filosófico, es decir, que partiendo de concepciones filosóficas hemos transitado y seguimos transitando por adaptaciones ideológicas que han dado lugar a movimientos de expansión caracterizados por su divulgación doctrinal.
En la medida en que la divulgación, sea ideológica o doctrinal, ha logrado penetrar las esferas económicas y políticas se infiltra también en el derecho y a través del cual se cambian las Constituciones. Las instituciones jurídicas son las que, en última instancia, han elaborado el cuerpo jurídico o constitucional, herramienta de praxis, que proyecta sus dictámenes con exigencia de cumplimiento por parte de la sociedad civil.

II

Es sabido que la filosofía, disciplina esencialmente crítica, atraviesa por un proceso de revaluación de los valores más significativos de la cultura occidental, entre los cuales la Declaración Universal de los Derechos Humanos ocupa el centro. Toda la carta puede condensarse en una sola frase: el hombre debe ser considerado como un fin en sí y no como un medio o instrumento. La dignidad humana es el valor central de la acción económica, política y jurídica, por lo tanto, toda acción que no tome en cuenta la dignidad humana carece de valor.
La actual revaluación no se plantea única y exclusivamente en los centros tradicionales del quehacer filosófico, sino que desbordándolos y en una especie de sincronización, curiosamente no planificada, se ha venido dando también desde la periferia, es decir, desde el llamado Tercer Mundo, dentro del cual están incorporados los países latinoamericanos.
¿Desde cuándo y por qué la filosofía de nuestra América interviene en esta  revaluación de la civilización que no sólo se había superpuesto a las nativas sino que le había inspirado y transmitido su racionalidad, su ética y el carácter humanista de su filosofar?
Es al inicio de la Segunda Guerra Mundial, en setiembre de 1939, que se hace evidente, en los hechos mismos de esa contienda, que la cultura parece haber desaparecido en todo el continente europeo. Se piensa entonces, desde América, en la necesidad de un programa de reafirmación y continuidad de los valores de la filosofía occidental y, al mismo tiempo, en un proyecto de praxis de teorías postuladas desde nuestra auténtica reflexión, es decir, crear, frente a las problemáticas de nuestra realidad, respuestas desde la filosofía y no seguir sujetos a la continua adopción y adaptación de filosofías que sólo expresan la subordinación del americano frente al pensamiento europeo.
Para los filósofos latinoamericanos se plantea la urgencia de decidir si tienen que esperar nuevas producciones filosóficas desde Occidente, seguir repitiendo en condición de epígono las existentes, o si tienen que empezar a hablar por sí mismos.
Esta situación es la que, según Francisco Miró Quesada, origina la bifurcación de nuestro filosofar en cuanto el filósofo latinoamericano, frente a la crisis, decida: la respuesta asuntiva que consiste en proseguir la actitud teórica, poniendo el sentido de la autenticidad de su quehacer en la creación de ideas originales en el tratamiento de los grandes problemas del pensamiento occidental, o la respuesta afirmativa que consiste en ver en el filosofar algo más significativo: crear una auténtica y original reflexión desde la circunstancia histórico-geográfica y cultural que es América.
El grupo que asume esta segunda actitud es poco numeroso, pero compacto y unitario, ha ido modelando su esencia en México y caracteriza a la filosofía mexicana en una actitud de afirmación de sus más profundas esencias como lo hace Leopoldo Zea y, desde esa nación, influye decididamente en filósofos latinoamericanos como Augusto Salazar Bondy, Francisco Miró Quesada, Arturo Ardao, Joâo Cruz Costa, Ernesto Mayz Vallenilla, Risieri Frondizi, Arturo Andrés Roig, Enrique Dussel, Horacio Cerutti, y otros mexicanos como Fernando Salmerón, Luis Villoro y Abelardo Villegas. Muchos de los mencionados se dedicaron y se dedican a la historia de las ideas, a la filosofía de la historia americana y, por último, han intervenido en la postulación de la denominada filosofía de la liberación latinoamericana.
Como consecuencia de esta actividad en el campo de la historia de las ideas, la filosofía de la historia americana y la filosofía de la liberación se dan dos aportes muy significativos. Desde la disciplina sociológica, surge la teoría de la dependencia y, desde el marco religioso, la teología de la liberación. Sería muy largo referirnos al quehacer y aporte de este denominado grupo afirmativo de filósofos latinoamericanos; sólo queremos enfatizar que han dado un giro distinto, singular, en cuanto postulan la cancelación del proceso vertical (filosofía, ideología y doctrina) de nuestro filosofar para reemplazarlo por una relación horizontal de hombres entre hombres, de pueblos entre pueblos. La necesidad de cancelación del proceso vertical del actuar de la filosofía sobre nuestra sociedad civil se hace evidente y claro cuando nos planteamos el problema indígena en nuestro continente.

III

Es imposible negar la escisión cultural que existe y se mantiene por más de quinientos años entre los que estamos inmersos en la cultura occidental y los actuales descendientes de las poblaciones prehispánicas mayas, nahuatls, e incas. ¿Por qué no se ha logrado hasta el presente una armoniosa síntesis entre ambas culturas? ¿Dónde está más patente el incumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos? ¿Dónde se infringe más el principio de que la dignidad humana es el valor central de la acción económica, política y jurídica? Nuestro proceso filosófico, ideológico y doctrinal, visto desde la problemática indígena, evidencia que no ha podido lograrse todavía, a través de la reflexión, una síntesis cultural armoniosa que exprese los legados culturales indígena y occidental.
Es verdad que tanto la filosofía inculturada como la filosofía de la liberación, por sus postulados teóricos y de praxis, aspiran a esa anhelada síntesis cultural en razón del reconocimiento a la plena humanidad e igualdad de todos los hombres y la apertura a la cultura a la que pertenecen.
Por otro lado, es verdad también que la filosofía liberal y la ideología neo-liberal a ultranza, que se imponen actualmente como doctrina o pensamiento dominador desde la esfera económico-política y jurídica, harán sentir sus efectos devastadores y acentuarán aún más la condición infra-humana de estas nuestras gentes y aumentarán cada día más su condición de extrema pobreza.
Postulamos por eso, aquí y ahora, que cuando se acepta esta realidad de la extrema pobreza como la mostración más evidente de nuestro subdesarrollo, es posible cuestionar el hecho de la transposición filosófica; pues ésta, iniciada hace más de quinientos años, no ha logrado desterrar por completo lo ancestral. El hecho es que el habernos impuesto, o haber elegido, ser prolongación del hombre por excelencia, el occidental, e integrarnos a su historia, cultura y crisis, ha implicado una amputación de la cultura indígena. Esto, que ha constituido y constituye una expresión apremiante y asfixiante de la realidad de nuestra sociedad civil, se ha reflejado una y otra vez como la problemática más constante en su historia y en su reflexión. Queda sobre todo establecida una distinción, que aún subsiste, entre el pensamiento anterior a la conquista española y el que le sucede, correspondiente a nuestro ingreso a la cultura occidental y a su filosofía.
Hay que recordar y relievar aquí que con el trasfondo de la problemática indígena, con el encubrimiento del otro (el indígena), se inicia en América la transculturación filosófica occidental.
¿En qué principio podría fundamentarse un desarrollo que armonizase la escisión cultural, más aún teniendo en consideración el avance científico y tecnológico actual?
Revisando nuestra historia, remontándonos a lo prehispánico, podemos encontrar en ella alguna idea que pueda constituirse en idea directriz, algo permanente, con carácter de continuidad exitosa en todo el proceso histórico y que, simultáneamente, no esté reñida con los anhelos del hombre contemporáneo de aplicar en nuestro continente y en nuestro país los avances científicos y tecnológicos, a fin de lograr la gran meta de enfrentarnos a la aguda pobreza.
Es necesario que ésta no continúe incrementándose, que se detenga y que en el futuro inmediato esa idea directriz pueda constituirse en una forma de conocimiento y una firme creencia de que su formulación técnica y su éxito surgen de una modalidad original, sui generis, creada en esta parte del universo, modalidad que ha venido acompañando continuamente al hombre peruano en sus pequeñas y grandes realizaciones.  Constatamos que esta modalidad sui generis se practica actualmente en las
zonas rurales, opera también, silenciosamente, en las zonas llamadas marginales y, por lo tanto, su existencia y permanencia como idea atraviesa a manera de columna incólume, sana y sin lesión todo nuestro proceso histórico.
Resistió al sistema económico mercantilista colonial, subsistió frente a los cambios de los distintos regímenes que se han sucedido bajo el sistema republicano -en democracia y en dictaduras- y actualmente se enfrenta a las posibilidades de anulación bajo los imperativos categóricos del llamado neo-liberalismo económico.
Si el propósito es pensar en un concepto antitético del concepto pobreza, y si esta pobreza se patentiza en el medio rural y en los barrios marginales -núcleos humanos que buscan en los centros urbanos mejores condiciones de vida y de trabajo- y si además debemos concebir un eje particularmente adecuado a nuestra realidad frente a la idea "importada y hasta impuesta" de desarrollo, entonces debemos, necesariamente, recurrir a esa columna incólume que atraviesa erguida nuestro proceso histórico y que es una forma de trabajo propia a la ancestral organización de nuestros pueblos.
¿Por qué no podría hacerse de esa idea el eje de un nuevo sistema con miras a la cancelación de la pobreza en nuestros países, sobre todo los que aún mantienen núcleos indígenas?
Se trataría de racionalizar, o de elevar a la categoría de conocimiento científico y de profunda creencia el sistema ancestral de trabajo comunitario llamado en el antiguo Perú minka y ayni, aún presente como forma de trabajo propia a la organización social de nuestros pueblos peruanos.
Forma de trabajo que siempre requiere el concurso de todos los componentes del grupo, ya sea en forma parcial, cuando se trata por turno del cultivo de sus respectivas parcelas, o del sistema de cooperación total del grupo, cuando se trata de obras comunales, de todos modos trabajo colectivo que significa solidaridad y cooperación, ya que es sobre la base de estos dos sentimientos altamente sociales como funcionan las comunidades que son las células del gran organismo rural y que ahora están más cerca, objetivamente
visibles, en las barriadas citadinas.
Esta idea, que ha brotado de las circunstancias del acontecer histórico y que sigue inserta en él, podría ser la palanca que permita el despegue hacia la cancelación de la pobreza. Porque bajo el imperio de la idea liberal de desarrollo se ha pretendido cancelar la pobreza, los distintos regímenes políticos han utilizado, en términos muy vagos y hasta contradictorios la idea de desarrollo como la palanca que permitiría a nuestro continente salir del estado de depresión y subdesarrollo en el que estábamos y continuamos inmersos. Sin embargo el resultado, hasta hoy, ha sido y seguirá siendo acumulado en términos de endeudamiento que se ha ido incrementando y seguirá creciendo en la medida en que la idea de desarrollo siga utilizándose sin adecuarla convenientemente a nuestra realidad socio-cultural y económica.
Para concluir queremos reafirmar la necesidad de cancelar el proceso histórico vertical de difusión filosófica para reemplazarlo por una nueva concepción horizontal donde apliquemos auténticamente los principios o valores más elevados de nuestros legados culturales: del indígena, el trabajo con sentido comunitario, y del occidental, la ciencia y la tecnología adecuadas. Sólo así nuestra sociedad civil, que constituye la base de la pirámide social, podrá lograr una existencia más digna y justa.

      

Fuente: http://www.corredordelasideas.org/docs/intervenciones/rivara_de_tuestapostcorredor.doc

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