miércoles, 6 de enero de 2010

Despliegue del pensamiento americano

Alberto Buela


Al Chino Fernández y a Martín Crespo,
dos sociólogos de los buenos, que me pisan los talones.

Resumen
En este texto se pretende mostrar que el pensamiento americano posee una raigalidad que lo coloca más allá del mundo liberal, tal como lo presentan reconocidos historiadores de las ideas de origen español. Así mismo, se intenta mostrar la existencia de pensadores olvidados por los estudiosos y desconocidos para la mayoría de los lectores.
Palabras clave
Alteridad, diferencia, originalidad, enraizamiento.

Displaying American thought (scheme for studying its development)

Abstract
In this paper my aim is to show and discuss how American thought possesses roots placing itself beyond liberal world, as seen by well known Spanish historians of ideas. Also, I show the existence of some thinkers not known to the majority of Spanish readers.
Key words
Alterity, difference, originality, enrootment.

I. Primera Parte
Comenzamos este trabajo con la pretensión de ofrecer en la primera parte una respuesta clara y breve a la afirmación del historiador español de las ideas, José Luis Abellán: “El pensamiento hispanoamericano es liberal y antiimperialista” (Abellán, 1972, p. 142). Siguiendo en este juicio aquel similar de su compatriota, el trasterrado José Gaos2, habida cuenta que fue éste el primero de los historiadores españoles en sostener esa tesis.
En primer lugar, una vez más, debemos afirmar que el pensamiento hispanoamericano no comienza en el siglo XIX, sino que tenemos pensadores y pensamiento genuinamente americano desde el siglo XVI. Claro que la visión y versión liberal de la historia de Nuestra América, donde se inscriben estos ilustres españoles, niega ab ovo toda posibilidad de pensamiento a la escolástica colonial. Así, pensadores, y sólo para mencionar uno por cada uno de nuestros países, como el mejicano Alonso de la Vera Cruz (1504-1584), el chileno Alonso Briceño (1590-1668), el brasileño Tomás Antonio Gonzaga (1744-1810), el peruano Pedro Peralta de Barnuevo (1663-1742), el ecuatoriano Francisco de Espejo (1747-1795), el colombiano Juan Antonio Varillas (1663-1728) y los argentinos Luis de Tejeda (1604-1680) y José Antonio de San Alberto (1724-1804), son sencillamente “ninguneados”. No está de más comentar, a título informativo, que sólo limitado a la Argentina registra Alberto Caturelli (Caturelli, 2001) más de cincuenta pensadores de mérito, desde Juan de Albiz en 1613, el primer pensador argentino, hasta 1810, momento en que comienza a regir el pensamiento de la Ilustración. De modo tal que si esta cifra la multiplicamos por los cuatro virreinatos españoles en América, obtenemos la no despreciable suma de doscientos pensadores para el período colonial, sin contar que Méjico y Perú tuvieron universidad medio siglo antes que nosotros.
Salvo una excepción y media. La excepción es la del cubano José Martí, y la media, la del segundo Alberdi; salvo ellos, todos los pensadores americanos del siglo XIX que se han ocupado de la cuestión nacional y del tema de la identidad son de neto y claro corte liberal: Sarmiento, Facundo (1845); Lastarría, Recuerdos literarios (1878); Hostos, Moral social (1888); Alberdi, Bases (1852); Bello, Estudios Críticos (1850); Montalvo, Siete Tratados (1882); Justo Sierra, Evolución política del pueblo mejicano (1893). Incluso este liberalismo político llega hasta dos hombres de la generación del centenario: el argentino Ricardo Rojas en su Restauración nacionalista (1909) y al boliviano Alcides Arguedas y su Pueblo enfermo (1909).
La salvedad a este liberalismo decimonónico la hizo notar con agudeza el cura Castellani: “la ventaja que ofrecen los liberales del Plata (y por extensión de Nuestra América) es que por estos lares el liberalismo nunca fue asimilado. Hemos recibido no sus principios sino sus conclusiones en la figura de los Códigos, leyes de educación común y Constituciones. El liberalismo resultó algo postizo” (Castellani, 1960 y 1982).
En Hispanoamérica, durante el siglo XIX se dan, en común a todos los países que la integran, tres grandes generaciones. La de la Independencia, que gira alrededor de 1810, ideológicamente signada por la Ilustración, no francesa como se suele sostener sino más bien española, a través de las figuras emblemáticas de Benito Feijoo (1676-1764), el autor más leído de su siglo, del que se llegaron a editar 420.000 ejemplares, y Melchor de Jovellanos (1744-1811).
La segunda es la de los Constituyentes, que gira sobre los años de 1850 y cuyo signo ideológico es el romanticismo liberal. Y la tercera, la de 1880, bajo el signo del positivismo.
Y así, mientras que la generación romántica de mediados del siglo XIX se encarga de copiar las constituciones francesa y norteamericana y los códigos napoleónicos e ingleses (Bello para Chile, Alberdi para Argentina), la generación del 80, tanto chilena, boliviana, peruana, colombiana, argentina como en el resto de Iberoamérica, es la que carga de contenido los Estados-nación de cada uno de los veinte paisitos en que se transformó la vieja Patria Grande de Bolívar y San Martín, cuando afirmaban, respectivamente: “mi patria es América” o “yo soy del partido americano”.
Esta generación del 80 es totalmente liberal en su fondo y en sus formas, salvo honrosas y grandes excepciones, como Joaquín V. González, Ernesto Quesada u Osvaldo Magnasco en Argentina, o Miguel Antonio Caro (1843-1909) para Colombia .
Esta generación del 80 fue tan liberal en Iberoamérica, que logró que el lema del positivismo de Auguste Comte, “Orden y Progreso”, figurara en la bandera de un gran país como Brasil.
De modo tal que la afirmación de Abellán y de tantos otros como él, en el sentido de que el pensamiento hispanoamericano es liberal y antiimperialista, es sólo parcialmente verdadera, en tanto y en cuanto se aplica a los pensadores americanos de la segunda mitad del siglo XIX. Lo de antiimperialismo es otra mentira de Abellán, porque ninguno de ellos se planteó el tema del imperialismo. Es más, algunos eran expresamente proimperialistas. La admiración de Sarmiento por los Estados Unidos es casi patológica.
Este tema del imperialismo y su tratamiento nace después y a partir del hecho terrible que conmovió a la adormecida inteligencia americana: la agresión inaudita de Estados Unidos a España con la excusa de la voladura del Maine, pretexto para la declaración de guerra en 1898.
El hecho bélico como generador de pensamiento crítico, no es tenido en cuenta ni por la izquierda “latinoamericana” ni por los socialdemócratas y liberales peninsulares cuando se acercan a analizar nuestra historia de las ideas. Así, en el libro citado de Abellán, la guerra no tuvo lugar. Sin embargo, la guerra existió y terminó creando toda una conciencia antiimperialista en América y Filipinas, donde el patriota tagalo José Rizal, fusilado dos años antes, renació de sus cenizas. Y así su Noli me tangere pasó a ser la lectura popular de liberación del pueblo filipino. En España misma da origen a la generación del 98, con pensadores claramente antiimperialistas como Ramiro de Maeztu, Unamuno o Manuel Machado.
La reacción americana no se hizo esperar, y aparece a la cabeza el oriental José Enrique Rodó con su Ariel (1900) y Motivos de Proteo (1909), inaugurando la generación del Centenario, seguido de muy cerca por el colombiano José Vargas Vila, Ante los bárbaros (1902), donde describe a los norteamericanos, y el gran poeta nicaragüense Rubén Darío y su poema A Roosevelt (1904).
Le siguen, en 1909, los fundadores del Ateneo de la Juventud en México: Vasconcelos, La raza cósmica (1925) e Indología (1927); Henríquez Ureña, Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1926) y Alfonso Reyes, Anáhuac (1927) y Notas sobre la inteligencia americana (1937). Y siguen, el cubano Lezama Lima, La expresión americana (1910); los argentinos Manuel Ugarte, La nación hispanoamericana (1910); Juan Agustín García, Notas sobre nuestra incultura (1922) y Leopoldo Lugones, La grande argentina (1918-1928); los peruanos José Santos Chocano, Alma América (1906); Víctor Andrés Belaúnde (1883-1966), Meditaciones peruanas (1917) y Peruanidad (1942); Francisco García Calderón, Creación de un continente (1913) y el protomarxista de América, José Mariátegui, Siete ensayos sobre la realidad peruana (1928); el boliviano Frank Tamayo, Creación de la pedagogía nacional (1910). En Brasil se destacan en la generación que orilla el año 1910, Euclides da Cunha, Contrastes y confrontaciones (1907) y Pereira da Graca Aranha, Estética da vida (1920); el colombiano Carlos Arturo Torres, Idola Fori (1910); el ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide, Vicisitudes del descastamiento (1914); el salvadoreño Alberto Masferrer, Serie de Patria (1928); el venezolano Rufino Blanco Fombona, Evolución política y social de Hispanoamérica (1911).
De modo tal que, a ojo de buen cubero, encontramos una veintena de pensadores nacionales que conforman la generación del centenario en América y que se encuentran en plena gestión cultural alrededor de 1925, y de los cuales ninguno es liberal ni nada que se le parezca. Si encarnan algo es una reacción a dos puntas: contra la injerencia en la América española del novel imperialismo yanqui, inaugurado en 1898, y contra el positivismo que viene de la generación del 80.
A esta generación del Centenario hay que sumar, específicamente desde Argentina, cinco pensadores formalmente filósofos: Saúl Taborda, La democracia americana (1918) y La crisis espiritual del ideario argentino (1933); Alberto Rougés, El alma nacional (1913) y Las jerarquías del ser y la eternidad (1943); Alejandro Korn, La libertad creadora (1922); Juan B. Terán, El problema de nuestra cultura (1922) y Coriolano Alberini, Escritos de ética (1908-1925). El primero fue principalísimo ideólogo de la Reforma Universitaria de 1918 en la Universidad de Córdoba, sosteniendo su original idea acerca de “lo facúndico” y el “comunalismo”. Los otros cuatro inauguran la profesionalización universitaria.

El mito de Ortega y su influencia en Iberoamérica
Este mito tiene su partida de nacimiento con la llegada de José Gaos a México en 1939, al final de la guerra civil española. Discípulo de Ortega en España, convence, a su vez, a sus discípulos mejicanos (Zea et alii) de dicha influencia. Viene luego Julián Marías y su medio siglo de innumerables viajes y conferencias por toda Hispanoamérica, en donde disertó sobre Ortega por doquier, promocionando sus libros e ideas. Entrados los años setenta es el historiador de las ideas españolas, el mencionado Abellán, quien toma la posta en la difusión del mito. Finalmente, en los años 90, el estudioso, también español, José Luis Gómez Martínez, en su libro Pensamiento de la liberación: proyección de Ortega en Iberoamérica (1995), termina afirmando la influencia directa de Ortega y Gasset en la filosofía de la liberación latinoamericana, que nace como teología de la liberación en Medellín a partir de 1968.
Como vemos, es un relato que da para todo y todos los gustos, pero los hechos han sido diferentes. Vayamos a ellos.
Ortega llegó por primera vez a América en 1916; lo hizo a Buenos Aires y viajó por el interior del país. Se quedó seis meses dando conferencias y seminarios y fue muy bien recibido por los hombres ya formados filosóficamente, como Korn, Alberini, Rougés, Franceschi, Taborda, Terán, Quesada, Gálvez, Rojas, etc. Hombres pertenecientes a la generación del Centenario que ya venían publicando sus críticas al positivismo de la generación de 1880. Ortega les vino al pelo, pero no por su “circunstancialismo” (yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo), sino por ese espiritualismo larvado que trasunta todo su pensamiento y su autoridad en tanto pensador europeo.
En realidad, el que llega a ejercer proyección, tanto por su impronta personal como por su bergsonismo, caro a la generación del Centenario, es Eugenio D´Ors, que llegó dos años después y bajo su influencia se creó el Colegio Novecentista (comandado por José Gabriel, junto a Ibarguren, Rojas, Benjamín Taborga, Luis María Torres, Adolfo Korn Villafañe, Tomás Casares, Ventura Pessolano, Jorge Max Rodhe), que apoyó el movimiento de la Reforma Universitaria del 18 y terminó diluyéndose en él.
Ortega regresa dos veces más, en 1928, cuando difundió la filosofía alemana de Husserl, Rickert, Dilthey, Driech y Scheler. Esta vez su auditorio ya son los miembros jóvenes de la generación del 25, muchos de los cuales (de Anquín, Astrada, Juan Luis Guerrero) están regresando con sus doctorados desde Alemania y comienzan a mostrar su disconformismo. Y, finalmente, en 1937, ofreciendo trabajos de traducción y publicaciones a través de la editorial de la Revista de Occidente. Allí Ortega recibe las críticas furibundas de varios miembros de la generación del 25 (Astrada, de Anquín, Virasoro, etc.), pero en tanto “divulgador de la filosofía” consolida una alianza con su compatriota, el sevillano Francisco Romero, el capitán filósofo, para la edición de libros y promoción de jóvenes valores. Claro está, estos jóvenes valores serán valorados por el criterio de la “normalidad filosófica” establecido por Romero, criterio que le sirvió luego, en el golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón, para establecer quién debía quedar en la Universidad y quien no. Y así fueron dejados cesantes, entre otros, filósofos significativos como Carlos Astrada, Nimio de Anquín, Juan Luis Guerrero, Diego Pró, Eugenio Pucciarelli, Carlos Cossio, Miguel Ángel Virasoro, etc. Fue este último quien pudo escribir en 1957: “Demostré acabadamente que el capitán Romero no era un filósofo creador, sino un mero repetidor y divulgador de ideas ajenas” . Y eso mismo fue su maestro Ortega y Gasset para Iberoamérica, y si tuvo una influencia, ésta se limitó a lo que hoy llamamos “la gestión cultural”, dando a conocer los frutos de otros.
En cuanto a sus discípulos, que los tuvo ciertamente, carecieron de enjundia filosófica, potencia analítica y erudición crítica, tres elementos indispensables en un verdadero filósofo.

II. Segunda Parte
El segundo momento significativo en la evolución y desarrollo del pensamiento americano los ofrecen las generaciones de 1925 y 1940.
En el orden filosófico, la primera se caracteriza por la influencia de la fenomenología y la segunda por el existencialismo. Estas dos generaciones presentan masivamente rasgos de madurez y originalidad, no repetidos en las generaciones posteriores. El carácter combativo de estas dos generaciones se destaca en Argentina a través del grupo Forja y los pensadores nacionalistas del naciente peronismo, así como en Bolivia a través de los hombres que giran al rededor del Movimiento Nacionalista Revolucionario.
Aquella denuncia más literaria, estética y declamativa de la generación del Centenario, acerca de la intervención del imperialismo norteamericano en las tierras de la América Indoibérica, se torna ahora punzante, precisa y exigente. Estas dos generaciones exigen no sólo la independencia cultural sino la política y la económica. Adquieren una profundidad inusitada las meditaciones acerca de nuestra identidad y sobre el sentido de América. La influencia de la segunda guerra mundial marca en forma indeleble a los pensadores de la generación del 40, como marcó en Europa al existencialismo. Existe una tendencia natural por parte de los estudiosos “progresistas de la izquierda”, sean de Nuestra América o europeos (Arturo Ardao, Oscar Terán, J.C. Portantiero, Abellán, Halperín Donghi, etc.), a no tener en cuenta los grandes hechos bélicos como causantes de un cambio en la manera de pensar y de plantear los problemas. Y así como ocurrió con la guerra de 1898 en lo que hace a motivación de los pensadores del Centenario, en el caso que nos ocupa, el gran zafarrancho que produjo la guerra mundial (1939-1945) con sus 40 millones de muertos y sus dos bombazos atómicos, rompió en los pensadores americanos la dependencia cultural con Europa y los obligó a buscar en su propio pasado, preguntándose por el tema de la identidad. Así, acertadamente lo hace notar José Luis Gómez Martínez: “la guerra civil española y el conflicto bélico del resto de Europa crean un vacío en Iberoamérica, que induce a sustituir los lazos culturales impuestos por Europa por una recuperación del propio pasado y a formular la pregunta por la identidad iberoamericana” (Gómez Martínez, 1995, p. 28).
Entre otros, la generación del 25 está integrada en Argentina por Nimio de Anquín (1896-1979), Mito y política (1955) y El ser visto desde América (1953); Carlos Astrada (1894-1970), El mito gaucho (1948); Luis Juan Guerrero (1890-1957), Tres temas de filosofía en las entrañas del Facundo (1945); Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959), El hombre que está solo y espera (1931) y Política británica en el Río de la Plata (1936); Alejandro Bunge (1880-1943), Una nueva Argentina (1940). En Uruguay, Alberto Zum Felde (1889-1976), El problema de la cultura americana (1943). En Venezuela, Mariano Picón Salas (1901-1965), De la conquista a la independencia (1944) y Pequeño tratado de la tradición (1951). En Brasil, Gilberto Freyre (1900-1984), Casa grande y Senzala (1933) e Interpretación del Brasil (1945), Sergio Buarque de Holanda (1902-1982), Raíces del Brasil (1936). En Paraguay, Natalicio González (1897-1966), Proceso y formación de la cultura paraguaya (1938) y La raíz errante (1951). En Bolivia, Guillermo Francovich (1901-1987), Pachamama: Diálogo sobre el provenir de la cultura en Bolivia (1942); Roberto Prudencio (1899-1976), Sentido y proyección del Kollasuyo (1932) y Carlos Montenegro (1904-1953), Nacionalismo y Coloniaje (1943). En Chile, Joaquín Edwards Bello (1887-1968), Nacionalismo continental (1935) y El roto (1942). En Puerto Rico, Antonio S. Pedreira (1899-1939), Insularismo (1934) y Luis Palés Matos (1898-1959), Tuntún –burundanga– (1937). En Costa Rica, Joaquín García Monje (1881-1958), Repertorio Americano (1918-1958).
A su vez, la generación del cuarenta está compuesta, entre otros, en Argentina, por Arturo Jauretche (1901-1974), Los profetas del odio y la yapa (1957); Juan José Hernández Árregui (1912-1974), La formación de la conciencia nacional (1960); Héctor Murena (1923-1975), El pecado original de América (1954); Arturo Sampay (1911-1977), La crisis del Estado de derecho liberal-burgués (1942). México: Octavio Paz (1914-1998), El laberinto de la soledad (1950); Edmundo O´Gorman (1906-1995), La invención de América (1958); Antonio Gómez Robledo (1908-1994), Idea y experiencia de América (1958). Guatemala: Luis Cardoza Aragón (1901-1992), Guatemala las líneas de la mano (1955); Juan José Arévalo (1904-1990), Itsmanía (1954). Perú: Alberto Wagner de Reyna (1915-2006), Destino y vocación de Iberoamérica (1954); Ernesto Mayz Vallenilla (1922), El problema de América (1956). Paraguay: Justo Pastor Benítez (1895-1963), Formación social del pueblo paraguayo (1955). Chile: Jaime Eyzaguirre (1908-1968), Fisonomía histórica de Chile (1948) e Hispanoamérica del dolor (1969, póstumo); Osvaldo Lira (1904-1996), Hispanidad y Mestizaje (1952). Colombia: Eduardo Caballero Calderón (1910-1993), Lo que Hispanoamérica representa en el mundo (1948). Brasil: José Galvao de Sousa (1912-1992), El bloque hispanoamericano y la comunidad lusitana (1954). Cuba: Alejo Carpentier (1904-1980), Los pasos perdidos (1953).

En un tercer momento tenemos los autores cuya producción gira al rededor, para adelante y para atrás, de 1970, y cuyos extremos los podemos fijar entre la revolución cubana de 1959 y la restauración democrática que comienza en Iberoamérica  a partir de 1980.
En este período de veinte años se producen en Hispanoamérica varios hechos significativos que, a nuestro criterio, pueden guiar y ordenar la presente exposición de conjunto:

a) El surgimiento del marxismo como opción real de poder, con la revolución cubana. A partir de 1958, la hipótesis de conflictos de los diferentes ejércitos hispanoamericanos fue la guerra contra el comunismo (Terán, 1991, cap. 5 y 6 passim), plasmada luego en la Doctrina de la seguridad nacional.

b) La aparición de una narrativa con luz propia, expresada a través del boom de la literatura “latinoamericana” en la década del 60. Suelen ser considerados emblemáticos los textos y autores siguientes: La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes (1962); Rayuela, de Julio Cortázar (1963); La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa (1964); Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967); Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante (1967); De donde son los cantantes, de Severo Sarduy (1967); La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig (1968); El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso (1970) y Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos (1974). Inicialmente todos ellos apoyan la Revolución Cubana.
A estos autores se incorporaron otros con obra anterior, como Juan Rulfo, Augusto Monterroso, José Lezama Lima, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Roberto Arlt y Felisberto Hernández.
Así como Europa tuvo su “mayo del 68”, América tuvo su “Medellín 68”, que dio comienzo a la teología y filosofía de la liberación “latinoamericana”. La conferencia de Medellín no es sólo una consecuencia del Concilio Vaticano II, inspirada en el documento conciliar Gaudium et spes que analiza la realidad social a la luz del Evangelio, sino que además los obispos del CELAM llegaron influenciados por el diálogo previo, alrededor de 1963-65, entre católicos y marxistas (en Chile Altamirano-Blest y en Argentina Eggers Land-Masotta-Rozitchner). Diálogo importado que tenía lugar en Europa entre Roger Garaudy y Louis Althusser, por el marxismo, y el equipo de la revista Esprit, con marcada influencia jesuita.

c. El surgimiento de la filosofía de la liberación en México, con Leopoldo Zea (1912-2004), La filosofía americana como filosofía sin más (1969). En Perú, Augusto Salazar Bondy (1925-1974), ¿Existe una filosofía en nuestra América? (1968). En Argentina, Rodolfo Kusch (1922-1979), La negación en el pensamiento popular (1974). Pero sobre todo de Anquín (1896-1976) y sus dos inigualadas meditaciones americanas Mito y Política(1955) y El ser, visto desde América(1953).
A su vez, esta filosofía de la liberación tiene una rama marxista que se prolonga hasta finales de siglo en pensadores como Enrique Dussel, Horacio Cerutti, Eduardo Galeano, Carlos Rangel, Arturo Roig y otros.
El fracaso de estos tres ítems nos ubican, volens nolens, en la problemática de los años 80 y 90, cuando se enseñoreó el neoliberalismo en toda Nuestra América. En los 80 con gobiernos de facto y en los 90 con gobiernos democráticos. Fue el mismo perro con distinto collar, en lo que hace a la dependencia.
Así, el marxismo, luego de la implosión de la Unión Soviética, dejó de ser una opción real en Iberoamérica, más allá de los éxitos coyunturales (salud y educación) que haya tenido la revolución cubana. Y, por ende, perdió espesor intelectual. Hoy el marxismo está vivo sólo en los disidentes más lúcidos a la ortodoxia marxista, pero, lamentablemente, éstos se limitan a los problemas culturales y no ya a los políticos. Así, temas como el aborto, la eutanasia, el matrimonio gay, el crucifijo en las escuelas o la Virgen en los palacios de Justicia ocupan todas sus neuronas.
La literatura “latinoamericana”, como una naranja exprimida, dejó de ser un negocio. Sus temas reivindicativos en esa “revolución in nuce”, nunca plasmada del todo, se cayeron perdiendo sentido junto con el marxismo de Indias. Además, los grandes editores internacionales descubrieron el negocio de los autores detrás de la cortina de hierro.
La teología y su consecuencia, la filosofía de la liberación, perdieron su vigencia luego de veinticinco años (1978-2005) de papado de Juan Pablo II. Hoy los filósofos de la liberación viajan por el mundo europeo contando las experiencias de una filosofía que no fue, en tanto que el compromiso cristiano ya no pasa por la revolución sino por “renovación”. Lo que no se sabe es de qué.
A eso sumémosle la vigencia en el manejo de la cosa pública en nuestra ecúmene suramericana, desde los tiempos de la restauración democrática al comienzo de los años 80 hasta el presente, por parte del pensamiento neoliberal tan caro al progresismo y a la “izquierda caviar”, y todo ello deja un amasijo de corrientes filosóficas, ideológicas y políticas que han venido a conformar lo que se llama el pensamiento único y políticamente correcto, que es el que rige hoy en toda Iberoamérica.
Ese pensamiento único que se caracteriza por dos patologías: la isostenia cultural, que hace imposible la valoración jerárquica de los productos culturales: lo mismo un burro que un gran profesor, diría Discépolo en el tango Cambalache, y el pensamiento lineal, desde donde se lee e interpreta todo a través de las duplas izquierda-derecha, progresista-reaccionario, popular-populista. Es por eso que una pensadora trotskista como Beatriz Sarlo, hoy devenida izquierdo-progresista, se queja diciendo que dentro de esta mezcolanza la consagración dejó de ser vertical o institucional para ser horizontal, donde los pares consagran a los pares.

Colofón
Se produjo una reacción, menor pero real y genuinamente americana, a partir de mediados de los años 90 en torno a la primera revista de metapolítica de carácter iberoamericano: Disenso (1994-1999. Buela, 2003), que tuvimos el honor de dirigir, en donde se nuclearon todos aquellos pensadores iberoamericanos que quedaron desparramados luego de sus experiencias político-ideológicas que abarcaron el arco que va desde la izquierda nacional-latinoamericana, esto es, los discípulos de Jorge Abelardo Ramos (1921-1994), como el boliviano Andrés Solíz Rada, el chileno Pedro Godoy, el argentino Alberto Guerberof, el panameño Toti Suárez, hasta los nacionalistas suramericanos como el brasileño Pedro Galvao de Souza, el chileno Primo Siena, el uruguayo Oscar Abadie Aicardi, el paraguayo Jorge Báez Roa, el peruano Fernando Fuenzalida, el ecuatoriano Catón Villacreces, el colombiano Luis Corsi Otálora; pasando por los socialcristianos como el venezolano Álvaro Márquez Fernández y el uruguayo Alberto Methol Ferré. A los que hay que sumar los centroamericanos Álvaro Menéndez Franco, el salvadoreño David Escobar Galindo, el costarricense y ex presidente Rodrigo Carazo Odio, el hondureño Manuel Ortega y el mejicano José Luis Ontiveros.
Además de contar con la colaboración de cuatro pensadores nacionales iberoamericanos de generaciones anteriores, de rigor excepcional, como los nacionalistas nicaragüenses Julio Ycaza Tijerino (1919-2001), Perfil político y cultural de hispanoamérica (1971) y Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), El nicaragüense (1969); el marxista nacional panameño Ricuarte Soler (1932-1994), Estudio sobre historia de las ideas en América (1966) y el filósofo peruano Alberto Wagner de Reyna (1915-2006), Iberoamérica en busca de sí misma (1995).
Todo ello produjo una acumulación de pensamiento disidente, no conformista y políticamente incorrecto que se ha extendido por todas la venas aún no abiertas, las profundas de la América Indoibérica, y se logró constituir así una generación de amigos en la última década del siglo XX, que formamos parte de una familia de ideas que hoy, lentamente, van recogiendo los mass media, tales como el derecho a la diferencia, la oposición a la homogeneización de las culturas, la crítica a la partidocracia y al igualitarismo, a la democracia procedimental y al monoteísmo del mercado. Las consecuencias de todo ello, si las hay, se verán dentro de una década.

Post Scriptum
Si este esquema es válido, el segundo paso es llenarlo de contenido. Es conocido por todos que las universidades y las academias vienen estudiando hasta el cansancio a los autores liberales, “raspando la olla“ para encontrar en ellos algo que no tienen. Y es sintomático ver cómo los autores de neto corte nacionalista e hispanoamericano son dejados sistemáticamente de lado. Así, de este largo período de cinco siglos de historia de América, no sólo no se estudian los pensadores de la colonia por un prejuicio antiescolástico, sino que no se estudian los de la Independencia, que no fueron ni masones ni liberales: para el caso argentino, Calixto del Corro, Pedro de Castro Barros, Juan Ignacio Gorriti, Juan Justo Rodríguez et alii.

Del Facundo de Sarmiento no se estudia la primera parte, que es la valiosa por su descripción sociológica de la pampa y sus caracteres, sino la segunda que es, en sus palabras, “mentiras a designio contra Rosas”. No se estudió el segundo Alberdi, aquel de Peregrinación de Luz de Día, Cartas Quillotanas, o El crimen de la guerra, sino el primero, el liberal de Las Bases. Se pasa por alto a Mariano Fragueiro y su Organización del Crédito (1850), ni qué decir de Osvaldo Magnasco y sus escritos sobre Organización de la Educación, condenados por Mitre. De Joaquín V. González se estudian sus Montañas del Oro y se deja de lado expresamente La Tradición Nacional (1888). De Juan Agustín García se estudia La Ciudad Indiana y se obvia su trabajo sociológico Sobre nuestra Incultura (1922). A Ernesto Quesada se lo pasa con la bota de siete leguas. De Leopoldo Lugones se leen sus poemas y se pasa por alto su ensayo La Grande Argentina. Esto sólo para quedarnos en autores argentinos nacidos en el siglo XIX.
Y en el siglo XX se obvian pensadores como el eximio sociólogo y politólogo nicaragüense Julio Ycaza Tijerino, que produjo una veintena de obras originalísimas sobre el desarrollo cultural de Iberoamérica y que no es tenido en cuenta por ninguno de los manuales al uso. Con el historiador chileno Mario Góngora (1915-1985), quien estudió mejor que ningún otro el surgimiento de nuestros Estados-nación, pasa exactamente lo mismo. Con el pensador paraguayo Natalicio González, con el sociólogo panameño marxista disidente Ricuarte Soler, con los historiadores colombianos Luis Crosi Otálora e Indalecio Liévano Aguirre (1917-1992). El pensador mejicano Rubén Salazar Mallén (1905-1986) o el ecuatoriano Augusto Jácome Pazmiño (1881-1959).
Alguna vez nos han reconocido el desconocimiento de estos autores como lo hizo, lealmente, el especialista alemán en estudios americanos Ottmar Ette, de la Universidad de Postdam: “muchos de estos autores no los he sentido, ni siquiera, nombrar”. Así también el especialista en historia de las ideas en América, don Arturo Roig, quien me preguntó en carta del 3 de noviembre de 1992: ¿Por qué ha dejado afuera a Andrés Bello, Francisco Bilbao, Eugenio María de Hostos y otros del siglo XIX? A lo que respondí: “por liberales, profesor Roig, y porque el liberalismo de ellos ha sido además postizo, porque han adoptado sus consecuencias en forma de Constituciones, sistemas de enseñanza y Códigos, como las que imita Bello para Chile con su Código, pero no sus principios, pues se han manejado como capangas, como patrones de estancia cuando llegó el momento de decidir, y no democráticamente, de haber sido liberales completos. Y porque, en definitiva, han contribuido con su obra y su acción al extrañamiento de la América criolla de sí misma”.

Cualquiera que desee estudiar seriamente y sin prejuicios ideológicos (esto sería como la panacea), qué es y qué ha dado América, está obligado a la lectura mínima de los autores aquí propuestos. Seguro que habrá otros más que se me escapan. Por favor, agréguelos.

Bibliografía
Antología del pensamiento de lengua española (1945) México.
Abellán, J. C. (1972) La idea de América. Madrid, Istmo.
Buela, Alberto (2003) “La experiencia de «Disenso»”. En: Empresas Políticas 3, Murcia.
Castellani, Leonardo (1960) Esencia del liberalismo.
______________ (1982) Proceso a los partidos políticos.
Caturelli, Alberto (2001) Historia de la filosofía en la Argentina (1600-2000). Buenos Aires.
Gómez Martínez, José Luis (1995) Pensamiento de la liberación. Madrid, EGE.
Terán, Oscar (1991) Nuestros años sesentas. Buenos Aires, Puntosur.

Fuente: http://www.eafit.edu.co/NR/rdonlyres/4CF577B8-A54B-4307-8E67-AA70A6B9A83A/0/DesplieguedelpensamientoamericanoIII.doc

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