viernes, 1 de enero de 2010

05 La República - Platón

9. La educaci6n de las clases superiores 

Hay dos puntos, a más de los dichos, que en la vida de los guardianes platónicos nos recuerdan la de las comunidades religiosas modernas: la serie de «probaciones» con que se certifica la aptitud del guardián y los preceptos y reglas minuciosas prescritos para su formación.

La educación en los estados griegos se entendía como «formación del ciudadano» y se hacía por el Estado y para el Estado; claro es que no en todas las ciudades tenía esta norma el mismo alcance y rigor. El Estado espartano tomaba al niño a los siete años y lo arrancaba para siempre de la familia; Atenas dejaba mucho más margen a la formación privada. Un par de años entre los dieciocho y los veinte eran allí considerados suficientes para la instrucción militar que precedía a la entrada en el pleno ejercicio de los derechos civiles; todo lo demás de la vida del niño y del joven quedaba confiado a la iniciativa educadora particular. Platón, como en otras cosas, toma para su República lo externo y formal de la vida espartana y lo sustancial e íntimo de la ateniense: si la educación corre largamente a cuenta del Estado, las ideas que la informan son de las nacidas al amparo de aquel sistema de enseñanza privada propio de Atenas, del que el propio filósofo era más deudor que otro alguno. Lo importante, sin embargo, es que tal vía de educación no se encierra en el cuadro de la formación del hombre público, sino que constituye una «teoría ideal de la vida humana que cada cual puede aplicarse a sí mismo» (Nettleship).

Las tres partes de la educación ateniense, gimnástica, letras y música, quedan en Platón reducidas a dos por la inclusión en la música de las letras. La gimnástica comprende todo lo que es cuidado del cuerpo y tiende a absorber la medicina o a suprimirla; entraña un régimen no sólo de alimentación, sino de conducta, con condenación de los excesos de gula y de lujuria. Lo más significativo es que, en último término, la gimnasia, como la música, se endereza al provecho del alma mediante la ayuda que presta a la formación del carácter (410 y sigs.) En todo caso, a quien sigue Platón esa Pitágoras: es el régimen higiénico e intelectual de la sociedad pitagórica de Crotón lo que aquél aplica a sus guardianes. En otros muchos puntos es difícil distinguir lo que Platón tomó de los pitagóricos primitivos y lo que los neopitagóricos tomaron de él.

La música, en su acepción más estricta, es objeto de una solicitud y una reglamentación que nos parecerían excesivas si los tiempos modernos no hubieran traído algo semejante por parte de algunos estados, que tienden a absorber en su esfera todas las manifestaciones del arte. La condenación de determinados instrumentos y modos musicales por el efecto afeminador que producen en los hombres tiene en sustancia el mismo fundamento que la condenación de la poesía.

Era ésta entre los griegos depositaria y vehículo de las creencias religiosas que, superando primitivas concepciones locales, habían hallado aceptación general; pero, cuando la filosofía alcanzó una más alta idea de la Divinidad, no pudo menos de condenar las leyendas homéricas y hesiodeas en que se atribuían a los dioses toda suerte de flaquezas y maldades. Platón, cuyo supremo empeño es dar al Estado por él concebido una base teológica, tuvo que preocuparse en primer término de desterrar de la mente de sus hombres aquellas falsas representaciones tradicionales e imbuirles un concepto más puro de Dios: éste no es causa del mal y, por tanto, tampoco de la mayor parte de las cosas que ocurren al hombre, que son malas (379b-c); la causa del mal hay que buscarla en otro lado. Igualmente indignos del concepto divino son aquellos enmascaramientos y transformaciones que de los dioses se refieren (380d), y la condenación se extiende a los cuentos y consejas de las madres que hacen de aquéllas «cocos» o «búes» para asustar a sus hijos. Dios es algo enteramente simple y verdadero en hecho y en palabra (382e), incapaz de engañarse ni de engañamos (383a).

Hay que excluir igualmente las enervantes descripciones del Hades y las de los sentimentalismos, vana alegría, mentiras o intemperancias de los héroes. Pasa luego Platón a hacer una clasificación de la poesía que no es otra sino la tradicional en los tres géneros lírico, épico y dramático, pero que aquí se realiza con un fin de apreciación moral. La poesía puede ser simple o imitativa: en la primera habla el poeta directamente y en la segunda hace hablar a sus personajes. La poesía homérica es en parte simple y en parte imitativa; la dramática, enteramente imitativa. La imitación es condenada en la poesía y, por consecuencia, en la vida: ella se opone al principio de la técnica, de que cada cual ha de practicar un solo y particular ejercicio; constituye un falseamiento del propio ser y lo hace peor por la reproducción de lo peor.

En las consideraciones de Platón va incluido primeramente el juicio de que las representaciones poéticas tenían tan bajo nivel moral que resultaban francamente corruptoras; aun esto quedaría inexplicado para nosotros si no tuviéramos en cuenta que los poetas, y especialmente Homero, eran los textos educativos de la juventud y que el pueblo griego era de una extraordinaria receptividad para las impresiones de la poesía. Característica es la invectiva contra Eurípides (395c y sigs.); representó el teatro de éste en el mundo griego algo parecido a la picaresca en la literatura española del siglo XVII o el naturalismo en la francesa del XIX: una invasión de la vida en el campo de las letras contra géneros y maneras que habían quedado demasiado lejos de ella. Las realidades eran tan fuertes, tan duras y tan bajas, que se hacía imposible seguir gustando indefinidamente el ambiente ideal y elevado de las piezas de Sófocles y Esquilo; empezaba a sentirse el hastío de lo heroico, de aquellas tragedias donde no había más que «Escamandros y fosos y águilas-grifos que van en bronce sobre el escudo montados en abismalléxico que nadie entiende» (Aristóf. Ran. 928 y sigs.). Esquilo no se entendía con los atenienses (ibid. 807); éstos reclamaban algo más cercano a su existencia cotidiana y Eurípides se lo dio, pues, conservando la forma exterior de la maquinaria divina y la leyenda heroica, llevó al teatro el hombre de su tiempo con toda la variedad, vacilación e indiferencia de sus conceptos morales y el desenfreno incoercible de sus pasiones.

Aristófanes y Platón se le enfrentan igualmente, porque, lejos de hacer mejores a los hombres, los había hecho más perversos con la presentación de sus abominables modelos; pero mientras el primero, como tradicionalista; vuelve su mirada a los poetas anteriores, el segundo, como reformador, incluye a éstos en la misma condenación y destierra radicalmente de su ciudad toda poesía imitativa. En uno y otro hay, sin embargo, en el fondo, una protesta contra un ambiente de derrota, de desesperanza y de claudicación.

La educación de los guardianes tiene por objeto la adquisición de buenos hábitos mediante los ejercicios de gimnástica y música, pero no lleva consigo un programa de conocimientos determinados. Este programa se reserva para aquellos guardianes mejor dotados que, por el estudio de la filosofía, han de prepararse para la gobernación del Estado. La tesis fundamental platónica de que para que cesen los males de los hombres es preciso que los filósofos se hagan soberanos o los soberanos filósofos, esto es, que gobiernen las ciudades consagrados a la filosofía, ha de producir, bien lo ve, en la opinión general un escándalo mayor que ninguna de las prescripciones hasta allí enunciadas (473e-474a). Platón muestra que semejante aversión tiene por causa un vulgar y falso concepto de la filosofía y los filósofos y confía en que el demo puede ser convencido de la bondad y conveniencia del régimen filosófico (499 y sigs.). y con ello el tratado de la construcción política entra en el campo de la doctrina platónica. El filósofo debe gobernar porque sólo él posee el verdadero conocimiento, el conocimiento de las Ideas y, entre ellas, de la idea suprema del Bien.

Y porque tiene el verdadero conocimiento, tiene también, conforme a la concepción socrático-platónica, la verdadera virtud. El que sea destinado para filósofo-gobernante debe poseer un alma noble, exenta de bajeza y dotada de facilitad para aprender, pero tales cualidades han de ser perfeccionadas por la educación; y su fidelidad al servicio del Estado ya los buenos hábitos aprendidos ha de ser repetidamente comprobada. Sólo a los cincuenta años ha de ser llevado al conocimiento del Bien y designado en turno para la gobernación del Estado. La carrera que ha de seguir hasta llegar a ello corresponde a la escala universal de conocimiento que Platón establece y que simboliza en las dos representaciones de la línea seccionada (509d y sigs.) y de la caverna (514 y sigs.).

Los objetos sensibles no son más que débiles semejanzas de unas realidades inmutables y eternas, que son las Ideas, y estas ideas resultan accesibles sólo a la parte inteligente y razonadora del alma; pero aquí el mundo sensible y el inteligible aparecen divididos cada uno en dos sectores, porque en el mundo sensible están los objetos percibidos directamente por los sentidos y están también las imágenes o apariencias de esos objetos, como son las sombras que producen o los reflejos que proyectan en las aguas o en otras superficies. En correspondencia con ello, las ideas u objetos inteligibles pueden ser percibidos en toda su realidad y pureza, y es lo que se alcanza por la ciencia suprema de la dialéctica o mediante imágenes y representaciones, como ocurre en las disciplinas matemáticas. Éstas son inferiores a la dialéctica porque no se remontan como ésta a los primeros principios, sino que parten de supuestos o hipótesis; y además porque no se desprenden ni pueden desprenderse de los símbolos sensibles. El geómetra que estudia el cuadrado lo hace valiéndose de un cuadrado determinado que dibuja, bien que viendo, a través de él, el cuadrado esencial, el cuadrado en sí, a que aplica sus conclusiones (510d). Por eso el estudio de las ciencias matemáticas es la preparación necesaria para la dialéctica, a la manera que el hombre salido de la caverna, para no deslumbrarse, debe dirigir por de pronto su mirada no a los objetos reales ni al sol, el más sublime de ellos, sino a las imágenes de los mismos formadas en las aguas. Conforme a estos principios, Platón construye su plan de estudios, en el que con razón se ha visto el origen del Trivium y el Quadrivium de la Edad Media, así como el de nuestra segunda enseñanza y nuestra Universidad.

Los estudios matemáticos previos comprenden la aritmética, la geometría, la estereometría o geometría de los sólidos, la astronomía y la armonía musical; considérase la necesidad y provecho de cada una para llegar, por fin, a la suprema disciplina de la dialéctica. Este término es de significación compleja y, como en tantos otros, conviene pensar cuál es su sentido vulgar y cuál aquel, estricto y elevado, a que lo sublimó Platón. De por sí no significa más que «arte de la conversación, del diálogo o de la discusión» y como tal designaba aquella destreza o habilidad que los jóvenes ponían gran empeño en adquirir para medrar en la vida pública o lucirse en la privada. Con este fin iban a buscar lo mismo a Gorgias que a Sócrates, y este último, en la Apología platónica (23 y sigs.), hace mención de los mancebos que, después de oírle, van, a imitación suya, argumentando a los demás y poniendo en evidencia la ignorancia de sus interlocutores. Pero la discusión empleada sólo con el propósito de confundir al contrario y la indiferencia de la tesis sostenida (cf. Phaed. 90c) trajo consigo el empleo indiscreto e irrespetuoso de las grandes palabras como bien, verdad y justicia (538d-e); y tras ello, una gran confusión y un decidido menosprecio de los conceptos y normas por ellas significados. Esto era sofística pura en la visión peyorativa que de ella dejó Platón a la posteridad. Para él, por el contrario, el arte del diálogo y de la discusión no era otra cosa que el ejercicio adecuado de la razón para el descubrimiento de la verdad, es decir, del mundo de las Ideas y, en último término, de la idea suprema del Bien. Y, como el mal empleo de que hemos hablado le parecía un gravísimo y calamitoso abuso propio de la ligereza e irreflexión de la juventud, prescribió que el estudio de la dialéctica sólo pudiera hacerse en edad madura y en las otras condiciones de índole y preparación señaladas (539a y sigs.).



Fuente: LIBROdot.com

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