viernes, 1 de enero de 2010

04 La República - Platón

6. Precedentes próximos 

Las discusiones sobre el «mejor estado», tan propias, como queda dicho, del mundo griego, tienen ecos frecuentes en la literatura. Heródoto (III 80) traspone con todo desembarazo una de estas discusiones a Persia y nos presenta a los conjurados contra los magos conversando, después de la matanza de éstos, sobre la forma de gobierno que debería establecerse. Otanes habla en favor de la democracia; Megabizo está por la oligarquía; Darío, el que triunfa, por el poder monárquico. El mismo Heródoto advierte que estas discusiones resultarán increíbles para algunos de los griegos. Eurípides, que en tantos aspectos ha reflejado la vida de su época, da entrada más de una vez en sus tragedias a disputas semejantes e igualmente nos las recuerda Isócrates. En una ciudad tan agitada por la lucha de los partidos como Atenas no podía faltar tampoco el panfleto político: no se ha conservado, sin embargo, del género más que un escrito, La constitu-ción de Atenas, atribuido erróneamente a Jenotonte, escrito hacia el 425 a.C. y cuyo autor es hoy generalmente conocido con el nombre de «el viejo oligarca» por la tendencia que representa. Más interesantes como antecedentes inmediatos de Platón son los tratados normativo-constructivos cuyos primeros autores fueron jonios y de los que tenemos noticia por Aristóteles. Es uno Fáleas de Calcedón, que vio la causa de las disensiones civiles en las perturbaciones económicas y entendió en consecuencia que había que restablecer la igualdad en la propiedad de la tierra. Hipódamo de Mileto está aún más cerca de Platón; crea una república con las tres clases de los artesanos, labradores y guerreros. Estos últimos, a diferencia de los platónicos, pueden gozar de propiedad; pero tal propiedad ha de tener carácter público. Así, con la comunidad de bienes y con la especialización se hacen aptos para cumplir desembarazadamente su cometido. La especialización es también, como hemos visto, un principio socrático-platónico; pero el resto de la construcción de Hipódamo se parece más bien a la realidad ateniense: los gobernantes son elegidos por el pueblo y éste está formado por las tres clases mencionadas.

7. Guardianes y gobernantes 

Platón pone el origen de la sociedad en la necesidad de una cooperación entre los hombres para la satisfacción de las necesidades humanas, esto es, en el principio de la división del trabajo. Este principio queda a su vez incluido en otro más general, el de la función específica. Labradores, albañiles, tejedores, zapateros, carpinteros, herreros, pastores, comerciantes, traficantes, etcétera, tienen forzosamente que ayudarse unos a otros con sus respectivas labores y productos: obreros asalariados que arriendan su fuerza física vienen a agregárseles (371e). Todos ellos constituyen la ciudad original, primitiva y rudimentaria. Aumentadas las necesidades hay que aumentar también el número de las profesiones: la ciudad se agranda y se complica. Lo singular es que Platón, al explicar este desarrollo, no crea preciso establecer ninguna función pública hasta que, por el crecido número de habitantes y la insuficiencia del territorio, se siente la necesidad de atacar a los vecinos y la inseparable de defenderse de ellos. Entonces se crea la clase militar de los guardianes, de la que después ha de salir la de los gobernantes.

Enunciadas las cualidades de cuerpo y alma que han de poseer esos guardianes, Platón, preparando ya el ulterior desarrollo de sus clases rectoras, agrega que deben tener también un natural filosófico (375e y sigs.). La necesidad de esta dote, igual que la de las demás, se infiere por un procedimiento original de Sócrates, pero favorito de Platón: la comparación con el mundo animal. En los perros, guardianes por excelencia -viene a decir-, hay un gran afán de conocer, puesto que sólo por serIes conocido distinguen al amigo del enemigo (376b).

El establecimiento de las clases tiene por objeto el bien de la ciudad y se inicia prácticamente en la fundación de ésta por la selección de los que han de ser guardianes en virtud de sus cualidades naturales (374e). Con el mismo fundamento son escogidos después, entre los guardianes, los filósofos-gobernantes, que han de ser los mayores en edad y los mejores de entre ellos (412 y sigs.). En una larga y solícita observación y repetidas pruebas han de mostrar que no declinan de su servicio y devoción al Estado y que «permanecen fieles a la música que han aprendido». Con ello quedarán tales hombres como los verdaderos y perfectos guardianes y a los otros que hasta ahora recibían ese nombre se les reservará el más modesto de «auxiliares».

Las diferencias de naturaleza entre las distintas clases están representadas en el mito de los metales (415a y sigs). Platón cree que de ordinario los hijos heredarán las cualidades de los padres; pero, en el caso de que no sea así, el nacimiento no tendrá fuerza contra el interés común y los hijos nacidos de una clase superior pueden ser relegados a otra inferior, mientras que los de la inferior serán ascendidos a la superior. Son, pues, clases abiertas y no castas; y si más adelante Platón, con su doctrina eugenésica del número, cree poder asegurar la conservación en los hijos de la índole de los padres, esto no entra ya en el campo propio de la ciencia política; siempre queda subsistente la norma de que han de ser los más aptos quienes ocupen el poder.

8. El comunismo de Platón 

El rasgo más saliente de La república platónica, para muchos que conocen el tratado sólo de referencia o lo han leído con poca atención, es su constitución comunista. Rasgo llamativo en todos los tiempos, sobre todo por lo de la comunidad de mujeres; interesante antaño, porque se le comparaba con prácticas y modos de la primitiva sociedad cristiana, e interesantísimo hoy, cuando el comunismo, realizado en ciertos países, es tema capital y casi absorbente en las preocupaciones de los demás. Tomás Moro y otros muchos autores del Renacimiento creyeron que en la ciudad de Platón todo era común y, entendido ello así, las opiniones se dividieron en favor y en contra de semejante concepción; pero la discusión venía ya de Aristóteles, que en el libro II de su Política impugnó al maestro con argumentos que se han repetido luego hasta la saciedad. La verdad es, sin embargo, que la comunidad de propiedad y familia, que Platón impone sólo a las clases rectoras, es, por su carácter, fin y extensión, algo inconfundible y que en algún modo está en franca oposición con el comunismo moderno. A diferencia de éste no alcanza a toda la sociedad, sino sólo a una pequeña parte de ella; es medio y no fin; es sacrificio y no satisfacción.

Rechazado el régimen democrático y no habiendo de ser ejercido el poder por la sociedad misma, el tema de la construcción platónica queda reducido a la determinación del órgano propio para desempeñar las funciones públicas. Este órgano ha de estar formado por un número relativamente corto de ciudadanos especializados y consagrados al servicio de los demás. Para la mayor eficacia de su desempeño, Platón desliga a estos hombres de las preocupaciones y afanes de la propiedad y de la familia y los organiza en comunidad. Tal comunidad se asemeja en muchos de sus rasgos a la de una orden religiosa o de caballería; y, como da carácter y sello a toda la construcción, ésta ha podido ser comparada con el Estado jesuítico del Paraguayo con la misma Iglesia católica en general. Fuera de aquella comunidad escogida, y es lo que con frecuencia no se ha echado de ver, queda el grueso del cuerpo social. Platón, después de desposeer a la multitud de todo poder político, se preocupa sólo de que tenga aquellas virtudes, templanza y justicia, que la mantengan satisfecha en su situación y la deja vivir una vida corriente de familia, propiedad y trabajo. Ella es la principal beneficiaria del Estado, pues las cosas de éste no le imponen preocupación ni molestia y, en cambio, las clases superiores han de hacerla objeto de su solicitud. «Todo para el pueblo, nada por el pueblo», es una fórmula que se adapta bien al pensamiento de Platón. Los guardianes, en cambio, han de vivir sin bienes propios, pagados a sueldo por la comunidad; no pueden tampoco tener mujer única de su propia elección. Su vida es, pues, doblemente sacrificada, y el autor mismo se da efectivamente cuenta de la poco halagüeña condición de estos hombres (419 y sigs.).

La abolición de la propiedad, se ha dicho, trae consigo la abolición de la familia: lo cierto es que una y otra se motivan en consideraciones y sentimientos fuertemente enraizados en el alma de Platón. Lo que él prescribe en relación con la comunidad de mujeres es algo no sólo diferente de lo practicado y vivido en las ciudades griegas, sino que, como bien lo advierte, había de chocar escandalosamente con la opinión general (450 y sigs.). Su único precedente estaba en ciertas referencias de Heródoto (IV 104) a la manera de vivir de los bárbaros agatirsos. Y, si chocaba con el sentimiento de los griegos, choca aún más con el del hombre moderno, al menos en nuestro mundo occidental. Establecida neta y rudamente para los guardianes la comunidad de mujeres y de hijos (457d), todo lo que se sigue merece calificación de monstruoso: esos matrimonios en determinadas estaciones bajo el patronato del Estado; la crianza en común de los hijos y su alejamiento de las madres apenas nacidos; la creencia de que con ello todos los ayuntados en una época van a considerar como hijos suyos a los nacidos al tiempo natural y éstos a aquéllos como padres. Dos cosas deja patentes esta exposición: la absorción total del autor en el pensamiento del bien del Estado y su falta de sentido de la vida familiar.

Quizá en su actitud sobre este punto haya influido también lo observado por él en la vida de su maestro Sócrates, víctima, bien que resignada y serena, de una desfavorable situación doméstica. Lo que Platón dice acá Y allá sobre la materia nos da la impresión de que la observa en su aspecto más negro y enojoso, como suele ocurrir en una empedernida soltería; las pesadumbres de la crianza de los hijos y los apuros económicos caseros le parecen tan insoportables que, sólo por estar libres de ellos, y a pesar de todo lo dicho, proclama a los guardianes más felices que los vencedores de Olimpia (465c-466a). Es claro que él, que no fue esposo ni padre, no podía hallar compensación para tales desazones: su desconocimiento de la índole de los afectos familiares se revela sobre todo en la suposición de que, desaparecida la única sociedad natural donde aquéllos viven y prosperan, han de resucitar como por ensalmo en una comunidad mucho más amplia donde padres y madres no pueden distinguir entre la multitud a aquellos a quienes han engendrado.

Menos en discordia con nuestro modo de pensar está el otro punto de la prescripción platónica con respecto a la relación de los sexos: el de la emancipación de la mujer. La tesis podía hallar apoyo en las costumbres de Esparta y no ya sólo, como la anterior, en las de ciertos pueblos bárbaros (Heród. IV 116). Platón cree que las mujeres tienen, aunque en grado inferior, la misma naturaleza y variedad de aptitudes que el hombre; de ahí que, en principio, puedan desempeñar la mismas funciones que éste, aún las más difíciles y elevadas. Hay, ciertamente, algunas conclusiones exageradas con apoyo en el acostumbrado argumento de la vida animal, pero ya Aristóteles puso en ello la corrección oportuna observando que el ser humano precisa desde su nacimiento un largo cuidado maternal innecesario en las otras especies.

El brío reiterado de las refutaciones de escuela no debe, sin embargo, hacemos olvidar la nobleza del impulso que mueve a Platón cuando hace estas prescripciones ni engañamos sobre su verdadero carácter. Lo que él desea para sus guardianes es que vaquen para el servicio del Estado, que vaquen para la filosofía, que es la mejor preparación de ese servicio. y en todo ello hay un fondo de ascetismo. Cuando, como queda visto, el filósofo habla por una parte de la dura condición de esos guardianes y por otra de su inefable felicidad, lo hace en el mismo sentido en que un cristiano puede hacerlo de los consagrados a la vida religiosa: como los monjes, quedan aquéllos sometidos a pobreza y a renuncia de la propia voluntad. Si Platón ha prescrito, en vez de castidad total, una relación reglamentada de sexos, ello era indispensable, prescindiendo de otras consideraciones de orden general, en una clase cuyas calidades debían a su parecer transmitirse por herencia; pero aun en ello hay renunciación y sacrificio. Bien entendió a Platón nuestro fray Alonso Castrillo cuando transcribe su concepto diciendo «que al amor de la República ninguna cosa se le debe anteponer, y, por tanto, que los hijos y las mujeres y nosotros mismos no debemos dejar de ser comunes, de tal manera que más parezca caridad que lujuria desordenada».



Fuente: LIBROdot.com

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